
Como algunos de vosotros sabéis, el viernes pasado cumplí años. Exactamente, treinta. A mucha gente le sienta fatal cumplir años, y si encima el año que se cumple cambia la decena... apaga y vámonos...
Hay quien no sólo se lo toma mal sino que casi hasta se horroriza por ello. Y lo cierto es que, con todos mis respetos, es algo que me saca de quicio! No puedo entender qué extraño pavor les infunden los números redondos; el cumplir 20, 30, 40, 50... Bueno, ni los redondos ni los cuadrados, la verdad...
Desde que era niña, siempre me ha gustado el día de mi cumpleaños. Un día especial, en el que eres la protagonista, en el que tu familia y tus amigos están más pendiente de ti aún, etc.
Antes, de cumpleaños a cumpleaños, se me hacía eterno. Es curioso, y del tema “tiempo” ya hemos filosofado muchas veces, cómo cuando eres pequeña el tiempo parece que pasa mucho más lento. Cuando eres pequeña, las vacaciones de verano parecía que duraban un siglo (y el curso, un milenio).
Recuerdo cuando mi edad aún no alcanzaba los dos dígitos... Estaba deseando cumplir los 10 años porque las personas con dos números ya eran mayores...
Hoy lo pienso y los años se me pasan volando. Miro hacia atrás, y ya llevo a las espaldas nada menos que 30 años vividos. 30 años llenos de experiencias y vivencias, algunas buenas, otras no tanto, algunas inolvidables, y otras que es mejor olvidar...
Esta mañana leyendo un comentario de Alfonso en el blog de Agata y Satie, me ha llamado la atención algo que ha dicho. Que a los 30 uno se juega ser feliz. Yo no sé si eso será así o no. Supongo que, como en todo, hay que mirar cada caso, cada vida concreta. Mirando la mía, pienso que tiene razón. Las circunstancias vitales que me rodean hoy por hoy, me hacen sentir que justo en estos momentos mi vida tiene algunas cosas, cosas importantes, pendientes de un hilo. Aunque suene un poco cursi, vivir consiste en el arte de ir caminando por una cuerda como si fuéramos funambulistas al borde de un precipicio. Unas veces, lo hacemos con más medidas de seguridad que otras, pero siempre vamos caminando.
A pesar del riesgo de ir caminando, a veces con red, a veces sin ella, una cosa tengo clara. Lo haya pasado mejor o peor durante algunos, muchos momentos de mi vida, siempre me alegraré de cumplir años, ¡eso es seguro! ¡No cumplirlos es malísima señal! ¡Si no los cumplo es porque ya no estoy aquí! Y eso, le pido a Dios que suceda dentro de muchísimos años!
Nos guste o no, la vida y la muerte son las dos caras de una misma moneda. La moneda de cambio que hace que en un segundo tengas mil proyectos, mil ilusiones por cumplir y, en el segundo siguiente, esos sueños, tus planes, se vayan al garete de forma irremediable!
Cuando pienso en las personas que ven truncadas sus vidas a edades tan injustamente tempranas, me da mucha rabia que alguna gente odie cumplir años. No sé, pero pareciera que es un menosprecio a la vida. Puede que alguien pueda pensar que decir esto es demagogia barata pero es que conocía a dos personas que, por desgracia, ya no están aquí para contarlo y estoy segura que pensarían lo mismo. ¡Qué más quisieran ellos poder seguir cumpliendo años!
Así que a todos a los que no les gusta cumplir años, que cambien el chip, que seguir cumpliendo años y disfrutando de la vida, por muchos problemas que a veces tengamos que resolver, por muchas cuerdas flojas sin red que tengamos que recorrer, es un privilegio!
