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11 junio 2010

Te Odio...


El Café Parole está a rebosar. Para algunos es una noche como otra cualquiera. Para otros no tanto... Apenas sin darse cuenta Ana y Leo empiezan a hacerse confesiones el uno al otro...

-¡Te odio!

-Eso es lo que tú te crees, en realidad no me odias...¡Me amas!

-Lo sé desde el primer momento en que te vi. Me recuerdas a la mujer de la que estuve enamorado durante años y jamás me hizo ni caso. ¿Por qué ni una mirada? ¿Tan invisible soy?

-Porque una mirada es una ventana abierta de par en par al alma y eso te hace vulnerable...

-¿Vulnerable? ¡No sabes de lo que hablas!, quiero verte en mi piel; jamás comprenderás lo que siento.

-Y tú jamás me comprenderás a mi: no tendrás la paciencia suficiente, soy demasiado complicada...

-¡Y por eso te odio!

-¡Y también por eso me amas!

-¿Te amo? ¿Te odio? ¡Cuántas veces me lo he preguntado..! Tan lejos, pero he aprendido a vivir contigo lejos de mi.

-¿Y te echas de menos?

-¡No tanto como a ti!

-No te creo...

-Ese fue nuestro problema: jamás me creíste. Han pasado los años... Dime, ¿no te arrepientes?

-A veces...

-Por tanto es verdad... ¡Te arrepientes! ¿Y de qué nos ha servido?

-Tal vez para ahorrarnos dolor.

-¿Entonces te espero en casa?

-¿Tú qué crees? Hace un rato que he contestado a tu pregunta...

-¡¿Y por qué tardas tanto?! La cama está vacía sin ti.

-Mi tardanza tiene explicación: el miedo me paraliza cuando me doy cuenta de que hay cosas que no puedo controlar.

-¡El miedo, el maldito miedo!... ¿Alguna vez te dejarás llevar? ¿Cuántas veces te di la mano? ¿Cuántas veces la rechazaste? ¡¿Hasta cuándo?!

-¡Hasta que deje de ser tonta!

(Silencio: por unos instantes no hay palabras, sólo miradas que lo dicen todo...)

-Pide la cuenta y pregunta en la barra si te darían un poco de hielo, que se me acabó ayer. Te espero en el coche...

-¿Y qué hago con la moto?

-¡Mañana la recoges, tonto!

-¿Estás segura?

-¡Créeme, en este momento eso es lo último en lo que estoy pensando!

-Pues entonces estamos perdiendo el tiempo; mírame y ¡dime algo..!

-¿Acaso hace falta que mi boca hable cuando mi cuerpo está gritando a toda voz?

-Te lo creerás o no, pero igual... ¡me sigue dando miedo!

-¿Entonces dónde queda lo de “dejarse llevar”? Sabía que no debía creerte... ¡Mentiroso!

-¡Touché! ¡Tienes razón!... ¿Tu coche o mi moto...?

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14 abril 2010

Parole...

Aquella noche el Parole estaba bastante tranquilo. La camarera observaba desde la barra a la clientela para entretenerse. Sentados en el sofá de la ventana, Ana y Leo iban ya por la tercera copa y la conversación, que podía escucharse sin demasiada dificultad, empezaba a ponerse interesante...

- ¡Qué tino el tuyo! ¡Te has ido a fijar en la mujer más complicada del planeta!
- ¿Por qué? – preguntó extrañado.
- Soy desconfiada, un poco insegura, a veces demasiado racional, otras cobarde, tímida, miedosa, quisquillosa, un poco celosa, escéptica, despistada, acorazada casi siempre, escurridiza en cuanto veo que algo me agobia o no puedo controlarlo, a veces borde, otras caprichosa, quejica, un poco inconstante, impaciente, puede que demasiado sensible, a veces incapaz de reaccionar a tiempo, otras demasiado negativa... ¿Sigo?

- Quizá seas todas esas cosas pero, ¿sabes?, también eres divertida, intensa, cariñosa, educada, servicial, inteligente, extraordinariamente dulce, auténtica, leal, expresiva, transparente, detallista, romántica y apasionada cuando te permites darte a los demás, prudente, de alma blanca, sincera, ocurrente, risueña, honesta... ¡Si eres guapa por fuera, más guapa aún eres por dentro!

- ¡Vaya! No sé qué decir...

- ¿Sigo o te parecen motivos suficientes para creer que tu lista de defectos simplemente me importa un pepino!

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20 octubre 2009

Arriba las Manos...

Empezaba a anochecer y Ana por fin llegaba a casa. Después de un largo día de trabajo, estaba deseando quitarse los tacones y ponerse cómoda.

Medio a oscuras porque la lámpara de la entrada se había estropeado el día anterior, entró en casa. Sin cerrar la puerta para tener algo de luz, colgó la chaqueta en el perchero que había detrás de la puerta y se agachó a recoger los zapatos, que habían volado por los aires desde el descansillo, nada más abrir la puerta.

Uno de los zapatos había caído en la entradita y el otro junto a la puerta del salón, que era la sala más cercana a la puerta de la calle. En medio del silencio, Ana escuchó un ruido. Ruido de pasos que la dejaron inmó
vil con un zapato en la mano y el otro aún por recoger. De repente, sintió una mano en su espalda que le hizo ponerse de pie en un santiamén.

No había terminado de enfocar la vista para poder ver algo en medio de la penumbra cuando escuchó... ¡Quieta! ¡Si haces todo lo que yo diga, todo irá bien, no grites! ¡Sígueme!

Agarrándole las manos por detrás de la espalda, la acercó hacia sí y, uno de espalda y otro de frente, fueron andando lentamente hasta que chocaron con la mesa del salón.

Sacando del bolsillo un mechero para encender una vela que había encima de la mesa, el intruso comenzó a decir...

De esta no te libras... ¡Esto un atraco!

La luz de la vela fue suficiente para que Ana pudiera ver el rostro del intruso. Era Leo. Lógicamente, lo había reconocido nada más pronunciar la primera palabra y por eso no había intentado defenderse dándole un zapatazo en la cabeza.

¡Arriba las manos! ¡Quítate la ropa!

Lo miró y la mirada caliente de Leo reflejaba el deseo incontrolable de hacerla suya en ese mismo instante. El subidón de adrenalina del momento había puesto a punto de caramelo a una excitada Ana que cayó rendida a los encantos de un encuentro apasionado.

Ya en la cama, después de haber hecho el amor...

-Desde luego, Leo, no sé yo si un día de estos.. ¡me vas a matar de gusto o de disgustos...!
-¡Bueno, esperemos que de lo primero! – respodió riendo, cogiéndola de la cintura.
-¡No, cosquillas no, Leo! ¡Cosquillas noooo!- dijo entre risas revolcándose en la cama.

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05 octubre 2009

Leo: El Vecino del 5º (Parte III)...

Leo, el vecino del 5º (Parte I): Aquí
Leo, el vecino del 5º (Parte II): Aquí
***

Los momentos mágicos son tan misteriosos y tan asombrosos que llaman poderosamente nuestra atención a la par que parecen pasar desapercibidos. Y eso fue lo que le pasó a Ana. Cuando quiso darse cuenta, llevaban unos minutos besándose. Minutos de los que, por supuesto, había perdido totalmente la noción hasta que tan romántica canción llegó a su fin.

Aunque irreales, Ana incluso creyó escuchar interferencias en el equipo de música, que la trajeron de vuelta al salón no sin cierta brusquedad. Entonces, como si de una pompa de jabón se tratara, aquel momento mágico se desvaneció en el aire.

De repente, todas las señales corporales hacia Leo fueron de rechazo. Con movimientos visiblemente atolondrados, se apartó de él.

-Lo siento, Leo, he de irme.
-Pero Ana..
-¡Necesito salir de aquí! ¡Perdóname! -le dijo ante su atónita mirada.

Ana salió tan aprisa de casa de Leo que ni siquiera cogió su bolso. Cuando llegó a la suya, se quedó sentada en el suelo, apoyada en la puerta. Ella era la primera sorprendida por tan desmedida reacción, tenía las manos sudorosas, el corazón le latía a mil por hora y aún notaba cómo le temblaban las piernas. Y, para colmo, tenía unas ganas de llorar tremendas, aunque no sabía muy bien por qué.

“¡Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿En qué estaba pensando? ¡Que es Leo, joder!” ¿Me gusta Leo? Pero si es mi amigo, ¿cómo me va a gustar? ¡No puede ser! Es imposible. ¡No me gusta! ¿O sí? Porque entonces ¿por qué he correspondido sus besos? ¡Javián! ¡Ufff! ¿Y si se entera Javián? ¿Qué pensaría? ¡Dios! ¡No, no me gusta, claro que no me gusta! Además, no quiero meterme en otra historia, no estoy preparada. Aunque me pregunto si algún día lo estaré. ¿Y si me gusta pero no lo sé? ¿Y si estoy confundiendo la amistad? ¿Y si la está confundiendo él? ¡No quiero perder a mi mejor amigo! ¿Qué quiere Leo de mi? ¿Sólo un polvo? Él sabe cómo soy. ¿Algo más serio? ¿Y si sólo se ha dejado llevar por el momento y, en realidad, no quiere nada?...” -Miles de preguntas se su sucedían en su cabeza una y otra vez.

En realidad, la reacción de Ana tenía una explicación muy sencilla: ¡Estaba muerta de miedo!

Miedo de sentirse culpable por estar a gusto con alguien, de volver a disfrutar, a ilusionarse; miedo de volver a abrir su corazón, a sentirse vulnerable; miedo de sufrir otro desengaño, de lo desconocido, de perder un amigo; miedo de pasar página de verdad cerrando para siempre la puerta del pasado; la puerta que, aunque no lo reconociera, se resistía a cerrarle a Javián, a pesar de que él ya no la quisiera; miedo de abrir una nueva puerta y no saber si lo que habrá detrás de ella será mejor o peor; de elegir, de equivocarse; miedo de darse cuenta que Leo le gustaba mucho. Tenía miedo de volver a ser feliz.

“Será mejor que me vaya a la cama a dormir; mañana será otro día”. –pensó.

En el cenicero que había en la mesita de la entrada había un tornillo. Al verlo cuando fue a levantarse del suelo, recordó una frase que siempre decía su madre: “El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son”. Se quedó parada unos instantes y entonces empezó a reírse. Cogió el tornillo y salió corriendo.

Cualquiera que la hubiera visto subiendo las escaleras a toda prisa mientras reía hubiera pensado que le faltaba un tornillo. Nunca mejor dicho... Pero es que no era un tornillo cualquiera.

Diiiiiiiiin Doooooooooon –llamó al timbre.

Leo abrió la puerta con el bolso de Ana en la mano.

-Supongo que vienes por esto –dijo abochornado.
-¡Ohhh, mi bolso! –Ana ni siquiera se había dado cuenta del olvido.
-Ana, yo...
-¡Espera, Leo, déjame hablar a mi primero! ¿Ves lo que llevo en la mano?-le dijo enseñándole el tornillo.
-Sí, el tornillo suelto que nos encontramos un día mientras paseábamos. ¿Aún lo guardas? –preguntó sorprendido.
-A pesar de que en aquellos momentos estaba totalmente desencantada del amor y no quería oír hablar de hombres, querías que lo guardara para que, cada vez que lo viera, no se me olvidara nunca que, aunque a veces se sufra, el amor es alucinante y que es maravilloso ser un “loco enamorao”. Me dijiste que el amor y la locura van cogidos de la mano y, sabes, tenías razón, Leo! Por qué vivir intentando buscar razones para todo, pensando las cosas sin cesar, si algo saldrá bien o no, prohibiéndonos dejarnos llevar. Por qué vivir con miedo a ser feliz, con miedo al amor, si el amor es lo más grande del mundo.
-Ana...-dijo, interrumpiéndola- ... sé que en los últimos meses lo has pasado muy mal por culpa de Javián, y que confiabas en mi y en nuestra amistad. No quiero que pienses que me quiero aprovechar de ti. Hace tiempo que quería hablar contigo sobre nos...
-Shhhhh, calla... -dijo poniéndole el dedo índice en los labios- ¿No te das cuenta de lo que te estoy diciendo, Leo? ¡Lo que tenga que ser, será! Mientras... ¡Bésame, tonto!
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Nota: Esta es la última parte del relato. Al menos, de momento porque, es probable que me invente en un futuro más historias sobre Leo y Ana. ¡Espero que os haya gustado y hayáis disfrutado leyéndola tanto como yo escribiéndola! Ahhh, y gracias por los días de espera.

23 septiembre 2009

Leo: El Vecino del 5º (Parte II)...

NOTA: Leo, el vecino del 5º (Parte I): Aquí

***

Una tímida sonrisa en medio de ese silencio fue lo único que Leo recibió, sin embargo, lo que Ana recibió fue una especie de descarga eléctrica directa al corazón cuando oyó aquella frase.

“Por cierto, esta noche estás preciosa, princesa”.

La frase retumbó con fuerza en todo el salón y con más fuerza aún en su cabeza. De repente, se agolparon mil ideas en su pequeña cabecita, haciendo más estruendo que un elefante en una cacharrería.

“Esta noche estás preciosa, princesa”, “Esta noche estás preciosa, princesa” –escuchaba Ana una y otra vez.

No pudo evitar que el recuerdo de Javián asaltara sus pensamientos. Siempre había sido muy halagador y esa frase la había escuchado infinidad de veces de sus labios.

“Esta noche estás preciosa, princesa”.

Ana era su princesa. Lo había sido durante más de seis años y le encantaba; pero, a veces, aún le costaba pensar que ya no lo era. ¡Y hacía tanto tiempo que no la llamaban así! Justamente un año, que era el tiempo que hacía que Ana y Javián no estaban juntos.

Todos estos pensamientos se habían sucedido en décimas de segundo, pero fueron suficientes para que Leo pensara que, aunque Ana le había sonreído, quizá había hecho algún comentario desafortunado.

-¿He dicho algo que te haya molestado? –preguntó Leo un tanto desconcertado.
-No, no –dijo volviendo de nuevo en sí- es sólo que me acordé de algo.
-¿De algo o de..?
-Bueno, Leo, ¿con qué nueva receta me vas a deleitar? –dijo sin dejarle acabar la frase.
-Vale, indirecta captada, cambiamos de tema- pensó- Con un pescado a la sal. Espero que te guste.

Efectivamente, los platos que había elegido para aquella noche habían sido todo un éxito. A Ana le encantaron, sobre todo, ese delicioso postre, al que tan bien le había encontrado el punto.

-¿Habré probado veces tu mousse de chocolate? Pues creo que esta vez es la que mejor te ha salido. Desde luego, cada día te superas más, Leo. Podrías dedicarte a esto si un día te cansas de trabajar en lo tuyo.
-¡Qué va! Esto es sólo una afición. Trabajar en la hostería es demasiado duro.
-No, no, si no digo que montes un restaurante. Digo que te plantees seriamente ser chef.
-Jajaja.. ¡Uf! ¡Peor me lo pones! Eso sí que es complicado. Será por eso que no hay demasiados chefs en el mundo.
-Bueno, tú estás harto de decírmelo. Imaginar es querer, y querer es poder. Es sólo cuestión de ponerle alas a los sueños para que echen a volar...
-Ya, pero...
-Ni pero, ni manzana. Yo sólo te digo que no estaría mal que algún día te lo plantearas – dijo ella guiñándole un ojo.
-¡Vale, pues lo mismo te digo!
-¿Yo, chef? Pero si a mi me sacan de los filetes a la plancha y los espaguetis y me pierdo...-dijo riendo.
-No, tonta, me refería a tu ilusión de dedicarte a la escritura profesionalmente. Estoy convencido que si te pusieras a conciencia, lograrías que te publicaran algo.
- Vale, pues yo me propongo seriamente lo de escribir si tu te propones seriamente lo de cocinar... -rieron.

Leo tenía la habilidad de llamar la atención de la gente y, poco a poco, consiguió que, fuera lo que fuera lo que distrajo a Ana, fuera pasando a un segundo plano. Así que la velada transcurrió con total normalidad.

Se levantó a cambiar el cd. Pista número cinco, “Moon Rive
r”, interpretada por Barbra Streisand, una de sus cantantes favoritas.

-¡Me encanta esta canción! ¿Bailas? -le dijo tomándola de la mano.

Ana nunca había sido demasiado buena bailarina pero se dejaba llevar. Además era fácil, pues el ambiente acompañaba. Buena cena, buena música, tranquilidad y lo mejor, buena compañía. Estaba a gusto, sentía que Leo la protegía mientras la mecía al son de cada nota.

Él, sin más, saboreaba el momento. Y entonces no fue capaz de contenerse por más tiempo. ¡Llevaba meses haciéndolo y por fin se había armado de valor!

A la par que sus brazos se deslizaban suavemente por su cintura, sus labios acariciaron lentamente aquellos labios carnosos que tantas veces había deseado.



Continuará...


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17 septiembre 2009

Leo: El vecino del 5º... (Parte I)

Ana llevaba algunos años viviendo en el mismo bloque. Sólo eran diez vecinos, así que se conocían todos muy bien. Salvo contadas excepciones, como la odiosa vecina cotilla y metomentodo del 2º izquierda, todos los vecinos eran bastante agradables, no obstante, con el que mejor se llevaba era con Leo, el vecino del 5º.

Ana y Javián siempre habían tenido mucho trato con él, ya que los tres eran más o menos de la misma edad. Hacía casi dos años que Leo vivía sólo, tras haber roto con su novia, con la que había vivido allí mismo durante tres años.

A raíz de la ruptura de Ana y Javián, Leo y ella empezaron a verse más a menudo. Él hacía relativamente poco que había pasado por una situación similar y sabía lo mal que lo estaba pasando y lo difícil que le estaba resultando seguir adelante con su vida. Por eso siempre intentaba estar pendiente de ella; procuraba convencerla para ir a tomar unas cervezas o ir a bailar un rato, la invitaba a su casa a merendar, porque sabía que le chiflaban los bizcochos y las tartas, la llevaba al parque a pasear y tomar un poco el aire, de vez en cuando iban al cine. En definitiva, se preocupaba por ella porque sabía lo malos que eran esos meses de duelo que tienen las rupturas amorosas que parecen ser definitivas y siempre hacía todo lo posible por sacarla de esas cuatro paredes.

Ana y Leo hacía tiempo que habían dejado de ser simplemente vecinos y se habían convertido en buenos amigos. Solían conversar durante horas, cosa que Ana, en los últimos tiempos, necesitaba muchísimo. No es que Leo fuera su mayor confidente, pero había encontrado en él la compresión que, en ocasiones, no llegaba a tener por parte de sus amigas más íntimas y una visión masculina que tampoco le venía nada mal tener.

- ¿Tienes algo que hacer esta noche, Ana?
- Aparte de ver la tele un rato cuando termine de cenar...
- Te invito a cenar en casa.
- Te lo agradezco, Leo, pero... ¡uf!, es que hoy no me apetece mucho hacer nada.
- ¡Venga ya! No seas malaje. Tengo una nueva receta que quiero cocinar y... bueno, alguien tiene que ser el conejillo de indias que se atreva a probarla, no...? -dijo guiñándole un ojo.
- Está bien. Pero porque eres tú, que si no...
- ¡Estupendo! Pues vente para casa a las diez. ¿Te parece bien?
- Sí, a las diez está perfecto.

Se apresuró a ir a comprar todo lo que le hacía falta. Leo estaba encantado con la idea de preparar una cena para ella. Se pasó casi toda la tarde metido en la cocina, pero mereció la pena. El pescado al horno tenía una pinta exquisita y el postre que había preparado estaba convencido que haría las delicias de la golosa Ana.

A las diez
y cuarto sonó el timbre. Suerte que, al vivir en el mismo bloque, Ana sólo se retrasó quince minutos porque, a veces, su eterna impuntualidad llegaba a ser desesperante.

- Buenas noches, he traído un poco de vino.
- ¡Oh! No hacía falta, Ana, pero gracias. ¡Pasa, pasa!

Cuando pasaron al salón, se sorprendió al ver lo bien que Leo había montando la mesa. Un vela en el centro, una vajilla muy chic que había comprado la última vez que había estado en Londres, las copas para el vino y, por supuesto, un cd de buena música de fondo. No faltaba detalle alguno.

- ¡Vaya, qué nivelazo, por Dios!
- ¿Te gusta?
- Sí, si. ¿Celebramos algo hoy, Leo?
- ¡Me alegro! Celebramos que no hay nada que celebrar. No hacen falta motivos especiales para hacer algo especial. ¿Por qué esperar a cumplir años para hacer una fiesta con los amigos cuando los otros 364 días también pueden ser igual de únicos?
- Tienes razón.
- Pero sabes qué, pensándolo bien, en realidad sí que hay un motivo específico para haber preparado esta cena...
- ¿De veras? –respondió intrigada- ¿Y cuál es? ¿Te han ascendido en el trabajo?
- No.
- ¿Entonces?
- ¡Tú! El motivo especial eres tú. ¡Porque toda tú eres especial! Por cierto, esta noche estás preciosa, princesa...

La respuesta de Leo fue totalmente inesperada para Ana; había sido tan contundente en sus palabras que, por unos instantes, el silencio se hizo dueño del salón y ella, sonrojada, sólo atinó a sonreír.



Continuará...
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20 agosto 2009

Ana, La Gata...

¡Ya era hora! De actualizar y de hacer la merecida recogida de un premio que me dio Happy Eyes hace algunos meses. Era el premio al Blog Femenino e Inteligente. Y consistía en inventar una historia que contuviera los siguientes conceptos: Amor, Vida, Viaje, Cine y Literatura.

Esto es lo que ha salido. Te lo dedico a ti, Happy, por la de meses que he tardado en agradecértelo. Espero que os guste...


***Ana, la Gata***


Como cada mañana, a Ana le encantaba desayunar en la terraza mientras leía un rato el periódico. Ojeando la cartelera, vio que en uno de los cines de verano de la ciudad reponían “La gata sobre el tejado de zinc”. De repente, sintió cómo se le erizaba el vello y sufrió un viaje al pasado que la transportó una década atrás, a su época universitaria...

Hacía mucho que Ana no le dedicaba apenas tiempo a una de sus aficiones preferidas. Durante sus años de Universidad, participó en varios talleres de escritura, que siempre le habían parecido de lo más interesante.

En el primero al que se apuntó, solían recitar poemas de Bécquer y Neruda; leían a los grandes maestros de la literatura y analizaban sus obras, descubriendo siempre en cada palabra, cada verso, cada frase, un matiz nuevo, diferente. Y en ellos se inspiraban para inventar historias y escribir algunos relatos y poemas.

Era un taller muy reducido, de no más de diez personas, por lo que en él se respiraba un ambiente acogedor y bastante íntimo, y el trato con el profesor, Diego, era muy cercano.

Diego era el típico profesor del que casi todas sus alumnas se enamoran. Tenía cuarenta años y, aunque llevaba media vida en España, su dulce y sensual acento seguía delatando que había vivido en la tierra del tango hasta los veinte.

Ana siempre había pensado que era una de las personas más interesantes que conocía; era muy culto, por lo que las conversaciones con él siempre eran enriquecedoras, así que le encantaba charlar con él. Además, nunca había conocido a nadie con una mirada tan seductora como la que tenían esos ojos casi negros de Diego. Sus gafas de pasta le daban cierto aire intelectual y sus incipientes canas en la sien lo hacían más atractivo todavía. Le encantaba, era su secreto inconfesable.

Diego siempre llevaba un libro en la mano. Le encantaba irse a la cafetería a leer un poco cada vez que tenía un rato libre. Un día, se encontraba tomando un café, mientras disfrutaba de una de sus lecturas favoritas, cuando apareció Ana.

Nada más entrar, ella se había percatado de su presencia pero, su timidez hizo que, simplemente, lo saludara al pasar por su lado.

-Buenos días, Ana. ¿Adónde vas tan rápido? ¿Te apetece sentarte aquí conmigo?
-Es que estoy esperando que llegue una amiga.
-¡Pues perfecto entonces! Espérala aquí. Te invito a un café mientras tanto. ¡Camarero!...
-Está bien, aunque no creo que tarde mucho en llegar.

Se sentía un tanto apurada pues, aunque le encantaba charlar con él, en el momento en que la conversación tenía lugar fuera del taller que él impartía y podía derivar hacia otros temas que nada tuvieran que ver con la literatura, Ana se ponía nerviosa y, a veces, no sabía ni de qué hablar.

-Me ha gustado mucho el relato que has leído hoy en clase –dijo él para romper un poco el hielo.
-¿De verdad?
-Sí. Muy bien estructurado. Con la dosis justa de intriga, de romanticismo. Claro, conciso y contundente. Tus palabras tienen mucha fuerza. Te felicito.
-¡Gracias! Para mi es muy importante tu opinión. Algún día me encantaría llegar a escribir tan bien como tú.
-Vas por muy buen camino, sigue así, Ana.
-¿Y ese libro? ¿Qué estás leyendo ahora?
-Una obra de Tennessee Williams. Ya estoy terminándomela. Seguramente la conocerás, “La gata sobre el tejado de zinc caliente”, ¿la has leído?
-No. Ni siquiera he visto la película.
-¿Cómo que no? ¿Ni siquiera la película? ¡Pero si es un clásico del cine! Me sé los diálogos de memoria, la he visto cientos de veces. La obra es mucho mejor que la película pero aún así es casi un delito no haber visto a Paul Newman en el mejor papel de su vida y a esa majestuosa y bella Elisabeth Taylor en el papel de Maggie.
-La verdad es que no he visto demasiado cine clásico-respondió ella.
-Pues eso hay que solucionarlo. Precisamente, ahora están reponiendo la película en el cine Avenida. Yo tenía pensado ir a verla. ¿Te apetecería venir a verla conmigo? –le preguntó, tras unos segundos callado.
-¿Al cine? ¿Contigo? ¿Los dos juntos?-respondió nerviosa.
-¡Claro! ¿Qué mejor ocasión? Además, así voy acompañado, no me gusta ir solo al cine. Prometo comprarte palomitas, jaja..-dijo mientras se le escapaba la risa.

Dudaba si aceptar su propuesta. No sabía si sería lo más correcto quedar con un profesor, pero no le importó. Lo cierto era que el plan le parecía tan apetecible... Una tarde de cine con alguien que en sus más íntimos pensamientos la volvía loca.. Así que no tardó en decir que sí.

-¡Venga, vale! ¡Me apunto! ¿Vamos esta tarde? ¿A qué hora es?
-A las ocho, en el Avenida.
-Está bien, nos vemos allí a las siete y media.
-Estupendo, allí estaré.
-Y yo. Bueno, me voy, que ya viene por allí mi amiga. Nos vemos luego.
-Hasta luego.
-Hasta luego- le dijo, mientras iba al encuentro de su amiga, con una gran sonrisa en la cara, que no vio porque ya se había dado la vuelta.

Lo que Ana no sospechaba era que la sonrisa con la Diego prosiguió leyendo, eran aún más grande que la suya. Desde la primera vez que la vio aparecer por el aula había quedado prendado de su belleza. Con esa cara tan dulce, su melena larga y ese vaivén de caderas al caminar que era capaz de volver loco a cualquiera, le parecía la joven más atractiva que había visto nunca. Y después de haber hablado con ella y haberla tratado un poco, mucho más. Ana tenía duende. Y esa timidez que a veces no podía disimular, no hacía sino acrecentar esa magia especial que poseía.

Aquella tarde, fueron al cine, tal y como había acordado. Ana se retrasó un poco. La impuntualidad era una de las cosas que siempre se proponía corregir y casi nunca lograba.

-Lo prometido es deuda. Aquí tienes tus palomitas. ¿Se te antoja algo más?
-No gracias.
-Compraré algunas chocolatinas de todas formas, que yo soy muy goloso.
-¿Entramos ya? Estará a punto de comenzar.
-Sí, sí, entremos.

Entraron en la sala y ocuparon sus asientos. Estaba medio vacía. Es lo que pasa con los cines antiguos; la gente suele ir a los multicines, en los que sólo se proyectan películas comerciales del cine de hoy. El Avenida era uno de los pocos cines con encanto que quedaban en la ciudad.

-Elisabeth Taylor es una de mis actrices favoritas. Ya verás como te gusta.

Ana, mirándolo en silencio, simplemente sonrió. Sentía un nudo en el estómago cada vez más fuerte. No podía creer que aquello fuera algo así como una cita con su admirado profesor.

Durante las casi dos horas que duró la película, Diego estuvo mirando más tiempo a Ana que a la pantalla. Disfrutaba contemplándola. Se deleitaba con la naturalidad de sus gestos, con esa dulzura que desprendía su mirada; una mirada que, casualmente, le recordaba a la mirada felina de la protagonista. Ella notaba que la miraba, pero prefería disimular y cruzaba con él sólo algunas de ellas.

No hacía falta mirar a la pantalla. A su lado, a escasos centímetros, sentía el hechizo de esos grandes ojos azules, casi violetas que, aunque llenos de dulzura, tenían poderes hipnóticos si se miraban fijamente. Era su Maggie particular.

Diego luchaba por no sucumbir ante ellos e intentaba reprimir sus deseos, pero apenas lo lograba. Intentaba concentrarse en la película pero, a mitad de la proyección, ya no podía más.

Acercó lentamente su mano a la suya; el inesperado revoloteo de mariposas que Ana sintió en el estómago al contacto con su piel casi la dejó sin respiración. La tomó de la barbilla y sus miradas, clavadas la una en la otra, detuvieron los segundos en un instante único, mágico. Entonces sucedió. Sus labios se fundieron en un beso lleno de pasión que inundó la sala de esa química que hacía que saltaran chispas.

Aquello fue el principio de un bella historia que llevó a sus dos protagonistas a disfrutar del amor en toda su plenitud durante el resto del curso.

Una historia que no pudo durar más tiempo por culpa de la distancia que los separó cuando destinaron a Diego al año siguiente a otra ciudad pero que, mientras duró, fue poco menos que perfecta.

Ana aprendió a amar de verdad junto a él por eso, aunque su historia no hubiera durado demasiado, la atesoraba en su corazón como una de sus mejores experiencias vividas hasta el momento.

“La gata sobre el tejado de zinc” le recordaba irremediablemente a él. Hacía años que no la veía y cuando vio en el periódico que reponían aquella película tan especial para ambos, no dudó ni un instante el ir a verla de nuevo. Nunca olvidaría la película que tanta magia trajo a su vida.


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11 agosto 2009

El Día Que Ana Se Dio Cuenta...

Ana creía que, mientras no conociera a otra persona, no sería capaz de pasar página. Pero se equivocaba. Lo único que necesitaba para olvidar a Javián era abrir los ojos.

Un día, sin saber muy bien cómo, se dio cuenta cuán fuerte tenía anudada la venda que se los tapaba. Tanto le apretaba, que sus ojos se habían inundado de una tristeza que había llegado a amoratar su mirada. ¡Con la mirada tan especial y tan bonita que siempre había tenido!

Fue capaz de dejar de martirizarse con preguntas el día que descubrió que ya no le interesaban las respuestas.


Fue capaz de volver a caminar cuando se dio cuenta que ya no quería estar parada por más tiempo.

Fue capaz de sonreír cuando se dio cuenta que ni siquiera merecía el río de lágrimas que había derramado por él.

Fue capaz de seguir disfrutando de todo lo que había en su vida cuando se dio cuenta que llorar porque él no fuera ni estuviera, le impedía disfrutar de los que sí están y son.

Fue capaz de ver que, seguramente, lo mucho que le decía que la quería y todas las cosas bonitas que le decía siempre habían sido pura palabrería cuando se dio cuenta y supo aceptar que, llegado el momento, él había sido incapaz de demostrarle su amor y luchar por ella.

Fue capaz de dejar de vivir en el gris cuando se dio cuenta que la vida allí era mucho más fea. Y que ya bastante había con que él viviera allí.

Fue capaz de dejar de mirar hacia atrás cuando descubrió que delante había muchas más cosas y que merecían la pena mucho más.

Fue capaz de volver a la estación, dispuesta a seguir subiéndose a otros trenes que la llevarían a mil sitios, cuando se dio cuenta que el único que había dejado escapar el tren de su vida había sido él. Fue entonces cuando supo que ella no quería cometer el mismo cobarde error.

Fue capaz de ver lo egoísta que era cuando descubrió que las pocas cosas buenas que le habían pasado desde que lo dejaron, a él no parecían importarle en absoluto.

Fue capaz de pasar página el día que se dio cuenta que haber tropezado una y otra vez con la misma piedra ¡ya era más que suficiente!

¡Valiente imbécil -aquél del que tan perdidamente se enamoró- dejando escapar a alguien que lo amaba de verdad!, pensó. Pero a Ana eso ya no le mortificaba; comprendió que Javián no era la persona adecuada que realmente se merecía estar a su lado. El hechizo con que el falso príncipe había encantado a la princesa, por fin, se había roto.

¡Aún se pregunta cómo pudo permitirse a sí misma durante tanto tiempo que el dolor de su ausencia le amargara tanto la existencia!

Durante meses, se resistió a reconocerlo, a pesar de que los que la conocen bien y la quieren, se lo advertían. Pero no hay mayor ciego que el que no quiere ver.

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01 agosto 2009

El Andén...


Como cada verano Ana llegó a la estación de trenes cargada de maletas. Por fin volvía a su tierra para disfrutar de sus ansiadas vacaciones.

Los andenes eran un hervidero de gente, unos que volvían y otros que se iban: padres recibiendo a hijos después de un largo curso en otra ciudad, guías esperando a su grupo de turistas, enamorados que se resistían a despedirse.

Ana iba sola. Besos y abrazos en todas direcciones y ninguno era para ella. Subió al tren y no tardó en encontrar su asiento: vagón 2, 23-V. Se acomodó y quedó a la espera de que el revisor picara su billete. Al cabo de unos minutos el tren cerró sus puertas y empezó a avanzar. Lentamente se iba alejando de un andén lleno de manos que decían adiós y lanzaban besos al aire. Y ninguno de ellos era para ella.

El verano anterior fue el último en que Javián acudió a la estación a despedirla, colmándola de besos y abrazos suficientes para todo el tiempo que pasarían separados. Ana adoraba llevarse consigo el sabor de sus labios al subir al tren, pero esta vez las cosas eran distintas: ya no estaban juntos y ésta parecía ser la ruptura definitiva. Ya no había abrazos, ni besos, ni manos diciendo adiós desde el andén. Aunque los últimos meses habían sido duros eso ya no la entristecía. Por eso, aunque no hubiera dulces despedidas que anunciaran locos reencuentros, cuando el tren se puso en marcha, Ana simplemente sonrió...


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