20 octubre 2011

Me Encanta...




Me encanta...

... cuando te duermes en mis brazos.
... cuando te hago cosquillas y empiezas a reírte nervioso antes de que te toque.
... cuando me haces caracolitos en el pelo.
... cuando me aprietas fuerte, fuerte al abrazarme.
... cuando me ves por primera vez hacer algo y me preguntas lleno de curiosidad qué hago.
... cuando jugamos juntos.
... cuando te ríes a carcajadas.
... cuando me despiertas con un beso.
... cuando me dices que me quieres dos.
... cuando hablamos por teléfono y me dices que tienes ganas de verme.
... cuando me ves llegar y sales corriendo para que te coja en brazos.
... cuando me ayudas a coger jazmines.
... cuando te escondes en algún rincón y apareces por sorpresa para darme un susto con tus “buuuuuuuú”.
... cuando me cuentas que en la guardería te lo pasas pipa.
... cuando me miras con esos ojazos llenos de luz.
... cuando me agarras de la mano cada vez que vamos de paseo.
... cuando me das un “muá” sin que yo te lo pida.
... cuando saludas al “Señol” cada vez que pasas por el cuarto de los abuelos y ves la figurita en la pared.
... cuando me dices que eres mi chinito de amol.
... cuando te pregunto si te columpio “flojito o fuerte” y tú siempre contestas a todo pulmón... “¡fueeeeeeeeeeeeete!”.
... cuando me dices que cantemos la gallina turuleta, Don Pepito y Don José o la canción de la margarita.
... cuando te veo mirar entusiasmado una procesión, disfrutando a tope de la banda de música y tirándole besos a la “Vinchen” y al “Señol”.
... incluso cuando me pones la cabeza un poco loca con el piano, el tambor, los platillos o la flauta.
... cuando me llamas tita.

Por todos estos motivos y muchos más...
Por todo el amor que me regalas...

... ¡ME ENCANTAS TÚ!

Dedicado a la persona que más amor genera en mí desde hace algo más de dos años... Mi sobrino Perico. ¡Te quiero dos, cariño mío!

12 septiembre 2011

A Veces Me Pregunto...


A veces me pregunto si crees verme entre los rostros de una calle cualquiera; si alguna vez me dibujas en tus sueños.

A veces me pregunto si crees oír mi voz susurrándote al oído; si alguna vez me esperas al otro lado del teléfono.

A veces me pregunto si crees sentir el calor de mi cuerpo navegándote; si alguna vez tu piel se estremece recordando mis caricias.

A veces me pregunto si crees saborear el néctar de aquellos besos que nos dábamos; si alguna vez me has besado en otras bocas.

A veces me pregunto si crees oler el aroma de mi cuerpo enredado entre tus sábanas; si alguna vez te embriagas de mi esencia de mujer.

A veces me pregunto si crees que la vida volverá a juntar nuestros destinos; si alguna vez has deseado volver a mi.

A veces me pregunto si crees que tomaste el camino equivocado; si alguna vez te has arrepentido.

A veces me pregunto si me habrás olvidado hace tiempo
...



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***


Quiero dar las gracias a las dos personas que, sin saberlo (ni lo van a saber, jaja), han sido la fuente inspiradora de este texto...


A una vieja amiga, por traerme a la cabeza con sus confesiones, una frase corta pero con sustancia, que me ha estado rondando en la cabeza desde hace algún tiempo porque sabía que se le podía sacar jugo ("A veces me pregunto si piensas en mi...").


Y a Manuel Carrasco, por sus canciones, que tantísimas veces he escuchado y tantas emociones produce en mi interior.


Y también agradecer la imagen al blog de Jorge (www.jorgenunez17.blogspot.com), que ya sabe él que me encanta "robarle" las fotos que va encontrando por la red, jejeje...


No creo que tarde mucho en publicar de nuevo, hay otra frase que también viene rondano mi cabeza últimamente..."Me encanta..."

Mañana...

A los que siempre les gustó mi parte más romántica...¡Atención!



¡Mañana volverá Angie en estado puro!

¡Por fin llené la cantimplora! ¡Cómo echaba de menos escribir! Era cierto.. sólo era cuestión de sentarse y dejarse llevar...

De mañana no pasa que lo publique, que ahora no me da tiempo. ¡Prometido!

01 septiembre 2011

La Habitación...


Ella abrió la puerta de aquella habitación. Nunca había estado allí, pero por algún motivo que desconocía aquel lugar no le resultaba extraño. La penumbra que salpicaba aquellas cuatro paredes invitaba a cerrar los ojos y dejarse llevar por una marea de pensamientos y sensaciones.



Por su mente comenzaron a pasar a toda prisa multitud de imágenes: su viejo osito de peluche, su mejor amiga de la escuela, su primer beso, la casa del pueblo donde tantos veranos había pasado, la muerte de su abuela, aquella fiesta universitaria donde conoció a su marido, la primera vez que vio la cara de su hija, el accidente...


De repente un resplandor indescriptible empezó a inundar de luz la habitación, su mente se quedó en blanco y sintió una fuerza arrolladora que parecía partir su cuerpo en dos mitades. Entonces se desvaneció.

Silencio total.


Cuando volvió a abrir los ojos, no sabía dónde estaba, ni podía moverse. Tan sólo se escuchaba el pitido constante de aquella máquina con una línea verde en la pantalla...

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*****

¡He vuelto!

30 junio 2011

Desconcierto...


Sus pequeños despistes, aunque de poca importancia, cada vez eran más frecuentes. Aquella mañana se levantó y, aun sin saber muy bien por qué, todo le parecía diferente. Miró a su alrededor y no reconocía aquella habitación. Se asomó al espejo y no lograba adivinar la identidad de aquella silueta que en él se reflejaba. La turbación lo dejó paralizado. Cerró los ojos y respiró lento y profundo. Cuando volvió a abrirlos todo le parecía como siempre y se sintió aliviado. Por suerte para él no sabía lo que le esperaba...



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02 junio 2011

El Hombre Que Creía Que Nunca Lo Conseguiría...

“Estoy feliz: ¡Hoy mi lista de amigos por fin llegó al millón” –tuiteó Roberto Carlos.

Después se fue a la cama y durmió plácidamente toda la noche.


(27 palabras).

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24 abril 2011

SE BUSCA...

Se busca al pozo de la imaginación.






Se ofrecerá una suculenta recompensa a quien sea capaz de encontrarlo y traerme una cantimplora bien llena para darme de beber de esa agua bendita.

25 marzo 2011

Ana La Gata (Homenaje a Lyz Taylor)...

En homenaje a la estrella que hace unos días nos ha dejado publico de nuevo un relato que escribí hace algún tiempo y que estaba inspirado en "La Gata sobre el tejado de zinc". Lo único que hecho ha sido revisarlo y cambiar pequeñas detalles de redacción. Espero que disfrutéis de su lectura tanto si lo leísteis en su momento como si ahora es la primera vez.


ANA LA GATA



Como cada mañana a Ana le encantaba desayunar en la terraza mientras leía un rato el periódico. Ojeando la cartelera, vio que en uno de los cines de verano de la ciudad reponían “La gata sobre el tejado de zinc”. De repente sintió cómo se le erizaba el vello y sufrió un viaje al pasado que la transportó una década atrás, a su época universitaria...

Hacía mucho que Ana no le dedicaba apenas tiempo a una de sus aficiones preferidas. Durante sus años de Universidad participó en varios talleres de escritura, que siempre le habían parecido de lo más interesante.

En el primero al que se apuntó solían recitar poemas de Bécquer y Neruda; leían a los grandes maestros de la literatura y analizaban sus obras, descubriendo siempre en cada palabra, cada verso, cada frase, un matiz nuevo, diferente. Y en ellos se inspiraban para inventar historias y escribir algunos relatos y poemas.

Era un taller muy reducido, de no más de diez personas, por lo que en él se respiraba un ambiente acogedor y bastante íntimo, y el trato con el profesor, Diego, era muy cercano.

Diego era el típico profesor del que casi todas las alumnas se enamoran. Tenía cuarenta años y, aunque llevaba media vida en España, su dulce y sensual acento seguía delatando que había vivido en la tierra del tango hasta los veinte.

A Ana le gustaba mucho charlar con él, pues era un hombre culto y sus conversaciones siempre eran interesantes. Además sus gafas de pasta le daban cierto aire intelectual y esa mirada seductora de ojos casi negros y sus incipientes canas en la sien lo hacían más atractivo todavía. Le encantaba, era su secreto inconfesable.

Diego siempre llevaba algún libro con él. Le encantaba irse a la cafetería a leer un poco cada vez que tenía un rato libre. Un día se encontraba tomando un café mientras disfrutaba de una de sus lecturas favoritas cuando apareció Ana. Nada más entrar ella se había percatado de su presencia, pero su timidez hizo que simplemente lo saludara al pasar por su lado.

-Buenos días, Ana. ¿Adónde vas tan rápido? ¿Te apetece sentarte aquí conmigo?
-Es que estoy esperando que llegue una amiga.
-¡Pues perfecto entonces! Espérala aquí. Te invito a un café mientras tanto. ¡Camarero!...
-Está bien, aunque no creo que tarde mucho en llegar.

Se sentía un tanto apurada pues, aunque le encantaba charlar con él, en el momento en que la conversación tenía lugar fuera del taller que él impartía y podía derivar hacia otros temas que nada tuvieran que ver con la literatura, Ana se ponía nerviosa y a veces no sabía ni de qué hablar.

-Me ha gustado mucho el relato que has leído hoy en clase –dijo él para romper un poco el hielo.
-¿De verdad?
-Sí. Muy bien estructurado. Claro, conciso y contundente. Tus palabras tienen mucha fuerza. Te felicito.
-¡Gracias! Para mi es muy importante tu opinión.
-Vas por muy buen camino, sigue así, Ana.
-¿Y ese libro? ¿Qué estás leyendo ahora?
-Una obra de Tennessee Williams. Ya estoy terminándomela. Seguramente la conocerás, “La gata sobre el tejado de zinc caliente”, ¿la has leído?
-No. Ni siquiera he visto la película.
-¿Cómo que no? ¿Ni siquiera la película? ¡Pero si es un clásico del cine! Me sé los diálogos de memoria, la he visto cientos de veces. La obra es mucho mejor que la película pero aún así es casi un delito no haber visto a Paul Newman en el mejor papel de su vida y a esa majestuosa y bella Elisabeth Taylor en el papel de Maggie.
-La verdad es que no he visto demasiado cine clásico-respondió ella.
-¡Pues muy mal hecho! Eso hay que solucionarlo. Precisamente ahora están reponiendo la película en el cine Avenida. Yo tenía pensado ir a verla. ¿Te apetecería venir a verla conmigo? –le preguntó tras unos segundos callado.
-¿Al cine? ¿Contigo? ¿Los dos juntos? -respondió nerviosa.
-¡Claro! ¿Qué mejor ocasión? Además así voy acompañado, no me gusta ir solo al cine. Prometo comprarte palomitas...-dijo sonriendo.

Dudaba si sería correcto aceptar su propuesta, pero el plan le parecía tan apetecible...

-¡Venga, vale! ¡Me apunto! ¿Vamos esta tarde? ¿A qué hora es? –respondió tras tomar la decisión.
-A las ocho, en el Avenida.
-Está bien, nos vemos allí a las siete y media.
-Estupendo, allí estaré.
-Y yo. Me voy, que ya viene por allí mi amiga. Nos vemos después.
-Hasta luego.
-Adiós -le dijo mientras iba al encuentro de su amiga con una gran sonrisa en la cara, que él no vio porque ya se había dado la vuelta.

Lo que Ana no sospechaba era que la sonrisa con la que Diego prosiguió leyendo, eran aún más grande que la suya. Desde la primera vez que la vio aparecer por el aula había quedado prendado de su belleza. Con esa cara tan dulce, su melena larga y ese vaivén de caderas al caminar que era capaz de volver loco a cualquiera, le parecía la joven más atractiva que había visto nunca. Y después de haber hablado con ella y haberla tratado un poco, mucho más. Ana tenía duende. Y esa timidez que a veces no podía disimular, no hacía sino acrecentar esa magia especial que poseía.

Aquella tarde fueron al cine tal y como habían acordado. Ana se retrasó un poco. La impuntualidad era una de las cosas que siempre se proponía corregir y casi nunca lograba.

-Lo prometido es deuda. Aquí tienes tus palomitas. ¿Se te antoja algo más?
-No gracias.
-Compraré algunas chocolatinas de todas formas, que a mi me encantan.
-¿Entramos ya? Estará a punto de comenzar.
-Sí, entremos.

El Avenida era uno de los pocos cines con encanto que quedaban en la ciudad. Entraron en la sala, que estaba medio vacía, y ocuparon sus asientos.

-Elisabeth Taylor es una de mis actrices favoritas. Ya verás como te gusta.

Ana, mirándolo en silencio, simplemente sonrió. Sentía un nudo en el estómago cada vez más fuerte. No podía creer que aquello fuera algo parecido a una cita con su admirado profesor.

Durante las casi dos horas que duró la película, Diego estuvo mirando más tiempo a Ana que a la pantalla. Disfrutaba contemplándola. Se deleitaba con la naturalidad de sus gestos, con esa dulzura que desprendía su mirada; una mirada que casualmente le recordaba a la mirada felina de la protagonista. Ella notaba que la miraba, pero prefería disimular y cruzaba con él sólo algunas de ellas.

No hacía falta mirar a la pantalla. A su lado, a escasos centímetros, sentía el hechizo de esos grandes ojos azules, casi violetas que, aunque llenos de dulzura, tenían poderes hipnóticos si se miraban fijamente. Era su Maggie particular.

Diego luchaba por no sucumbir ante ellos e intentaba reprimir sus deseos, pero apenas lo lograba. Intentaba concentrarse en la película pero a mitad de la proyección ya no podía más.

Acercó lentamente su mano a la suya; el inesperado revoloteo de mariposas que Ana sintió en el estómago al contacto con su piel casi la dejó sin respiración. La tomó de la barbilla y sus miradas, clavadas la una en la otra, detuvieron los segundos en un instante único, mágico. Entonces sucedió. Sus labios se fundieron en un beso que inundó la sala de esa química que hacía que saltaran chispas.

Aquel momento fue el principio de un bella historia que llevó a sus dos protagonistas a disfrutar el uno del otro durante el resto del curso.

Una historia que no pudo durar más tiempo por culpa de la distancia que los separó cuando destinaron a Diego al año siguiente a otra ciudad pero que, mientras duró, fue poco menos que perfecta.


Ana aprendió a amar junto a él por eso, aunque su historia no hubiera durado demasiado, la atesoraba en su corazón como una de sus mejores experiencias vividas hasta el momento.

“La gata sobre el tejado de zinc” le recordaba irremediablemente a él. Hacía años que no la veía y cuando vio en el periódico que reponían aquella película tan especial para ambos, no dudó ni un instante el ir a verla de nuevo. Nunca olvidaría la película que tanta magia trajo a su vida.

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NOTA: A todos los que dejaron un comentario en el post anterior, Noches de Messenger, decirles que os he contestado a todos antes de publicar este post.


09 marzo 2011

Noches de Messenger...

Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa. Las horas en la cabina de vigilancia del parking se me hacen eternas. Ella suele acostarse tarde porque padece de insomnio, así que muchas noches se conecta y chateamos. Siempre hemos congeniado y sus conversaciones consiguen que la jornada parezca más corta.

Hoy es viernes y no se ha conectado: me aburro y tengo sueño. El tiempo pasa lento pero por fin empieza a amanecer y ya me queda poco para salir.

Hace horas que no la espero cuando aparece en la pantalla de mi ordenador. Me saluda y conecta la cámara. "¿Qué tal la noche en el parking?", "Larga y aburrida", le contesto. Entre risas me cuenta que ha estado de copas con una amiga. Se le nota... Para mi sorpresa empieza a desnudarse y yo enseguida me espabilo... “¡Te espero en mi habitación!” y se desconecta.

Estoy confusa. Voy de camino a casa pensando en lo sucedido. En mi cabeza se repite sin censar la imagen de su cuerpo medio desnudo. Jamás pensé que mi compañera de piso se me insinuaría alguna vez...
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NOTA 1: Ejercicio del taller de creación literaria consistente en iniciar un microrrelato con la frase "Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa".

NOTA 2: Independientemente de hacer los comentarios que queráis sobre lo que acabáis de leer, hay algunos aspectos sobre los que también e interesaría saber vuestra opinión con el fin de mejorar futuros relatos:

¿Os ha sorprendido que los protagonistas fueran sólo compañeras de piso y no una pareja?

¿Pensábais que el que trabajaba en el parking era un hombre hasta que al final del micro se revela que se trata de una mujer también? (He intentado no desvelarlo hasta el final porque pretendía sorprender al lector: ¿lo he conseguido?).

¿Quién créeis que es la más sorprendida de las dos ante los últimos acontecimientos? ¿Ambas son lesbianas, sólo una de ellas, ninguna de las dos...? ¿Aceptará la proposición que le ha hecho? Lo he dejado a la libre interpretación porque me interesa saber qué situación se os ha venido primero a la cabeza cuando lo habéis leído.

21 febrero 2011

Demasiado Tarde...


La sangre teñía mi camisa. El dolor era tremendo. Me sentía tan aturdido que ni siquiera sé cómo pude llegar hasta allí. “¡Rápido!”, gritó alguien. Entonces me desvanecí...

Cuando desperté, el dolor había desaparecido. No reconocía aquella sala que me hacía sentir escalofríos. Pasados unos segundos me di cuenta de que no estaba solo.

-Así que usted es Jack... Le esperábamos.
-¿A mi? –pensé extrañado.
-Sígame.

Me llevó a otra sala llena de gente que hacía cola en dos filas; pero yo seguía sin saber dónde estaba.

-Sabrá en cuál deberá esperar, ¿no?

Los escalofríos recorrían mi cuerpo cada vez con mayor intensidad. El miedo empezaba a apoderarse de mi en mitad de un silencio abrumador que no me dejaba ni articular palabra.

-¿No lo sabe? ¿Acaso creía que no acabaría pagando por todos su crímenes...?-prosiguió el hombre con risa cínica- Le cobran en la fila de la izquierda si no le importa...

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NOTA: Ejercicio del taller de escritura consistente en hacer un relato cuya última frase fuera "Le cobran en la fila de la izquierda si no le importa".

14 febrero 2011

El Javichuela...



Usa ropa vieja llena de descosidos y remiendos. Tiene las manos negras de lo sucia que las lleva y el pelo hecho manojos de tan grasiento que lo tiene siempre; cuando sonríe deja ver una dentadura llena de mellas y la cantidad de arrugas en su cara revelan que ya es un hombre entrado en años.

Con su guitarra a cuestas el Javichuela va ofreciendo su arte por los bares del barrio por el que siempre anda. A veces algunos clientes ni siquiera se molestan en mirarlo y siguen hablando como si fuera invisible, pero a pesar de ello sigue tocando alegremente su guitarra en su intento de acabar consiguiendo alguna monedilla.

Cuando en alguna ocasión alguien elogia su buen tocar, sus enormes ojos azules, que sorprendentemente aún no han perdido brillo, se iluminan como si de un sonrojo se tratase y, agradecido, deja que su voz desgarrada se arranque por bulerías.



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05 enero 2011

La Primera Nochevieja...


El 31 de diciembre siempre había sido el día favorito del año de María; tanto le entusiasmaba su llegada, que siempre contagiaba a todos su ilusión y la familia al completo disfrutaba como un niño de los preparativos de aquel día. Cada año María se metía durante horas en la cocina y preparaba con esmero una magnífica cena cuyos platos no eran conocidos por ninguno hasta que no eran servidos en la mesa, a excepción de Juan, su marido, que era su pinche oficial desde hacía muchas Nocheviejas. Marta, su hija mayor, se ocupaba de preparar la mesa con la vajilla y la cristalería que su madre reservaba para las ocasiones especiales. Su yerno David, el marido de Marta, siempre se encargaba de comprar uvas para todos y prepararlas durante la tarde, retirándoles la piel y las pepitas. Eva, su hija mediana, siempre hacía una olla enorme de buñuelos y otra de chocolate. Y Ana, la menor de las tres hijas, y su marido Pablo eran los que en la víspera de fin de año se llevaban a sus tres sobrinos a la Plaza Mayor a comprar cantidad de serpentinas, matasuegras, bengalas y confeti. En aquella casa el último día del año el timbre de la puerta sonaba una y otra vez recibiendo visitas de vecinos y amigos que venían a tomarse el último chocolate con buñuelos del año con María y los suyos. Y a pesar de que nadie paraba a descansar ni un momento en todo el día, María siempre se encargaba de que todo estuviera preparado para que a las nueve en punto de la noche todos estuvieran sentados en la mesa listos para cenar.


Cuando el año anterior Ana apuntó en la lista de deseos que hacía cada Nochevieja su anhelo de ser mamá, jamás imaginó que algo tan dichoso pudiera verse empañado por algo tan trágico. A menos de un mes de salir de cuentas sólo hacía cuatro meses que su madre había muerto en un accidente de tráfico. Por eso esperaba ansiosa que el reloj de la Puerta del Sol diera las doce campanadas para que por fin comenzara un nuevo año en el que la llegada de su bebé trajera un poco de alegría a la casa.


Aquella Nochevieja toda la familia se reunió para cenar, como a María le habría gustado. Su marido Juan pasó de ser su pinche oficial a primer cocinero y preparó la cena lo mejor que pudo con la colaboración de Marta, que por ayudarle apenas tuvo tiempo de preparar la mesa con la ceremonia habitual con la que solía hacerlo. David preparó las uvas y Eva hizo sus tradicionales buñuelos, aunque otras veces le habían salido más buenos. Y un año más Ana y Pablo llevaron a sus sobrinos a la Plaza Mayor, pues los pequeños no entendían de cosas de mayores y para ellos ese día seguía siendo tan alegre como siempre. Eran ya casi las nueve y media cuando Juan salió de la cocina con el plato principal y por fin empezaron a cenar.


A menos de veinte minutos de la medianoche y antes de lo previsto Ana rompió aguas. ¡El revuelo fue enorme! Con las uvas y el cava preparados ya en la mesa, la familia entera se fue al hospital sin tiempo que perder. Todo sucedió tan rápido que Ana casi parió en el camino. Aquella noche no hubo brindis, ni atracón de uvas con las campanadas.


A las doce y cuarto una enfermera entró en la sala de espera... “Todo ha ido bien. Tanto la madre como la hija se encuentran perfectamente. En cuanto les avise pueden pasar a verlas. Esperen aquí”. Entre tanto en el paritorio Ana abrazaba entre lágrimas por primera vez a su hija mientras Pablo las contemplaba embelesado....¡la pequeña María ya estaba en este mundo!


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23 diciembre 2010

Rebelión (III) - El desenlace de la Historia...


Isa, Luis, Águeda y Diego se miraron al instante. Les contaron lo sucedido horas antes, pero parecía que nadie les echaba demasiada cuenta. Cuando hubo que ir por un poco más de hielo, nadie quería levantarse y lo echaron a suertes.

-¡Vaya por Dios, siempre me toca a mi! –refunfuñó Águeda- Pues venid conmigo, que yo no me atrevo a ir sola –protestó dirigiéndose a Isa y a Luis.

Cuando llegaron a la cocina, del grifo del fregadero pendía un hilo de agua, pero ni siquiera se atrevieron a hablar: cogieron el hielo a toda prisa y volvieron. Cuando lo contaron, de nuevo nadie les creyó, dado que Luis y Diego llevaban todo el campamento bromeando con Sor Cándida.

Ya de madrugada recogieron todo y se fueron a dormir. Subieron las escaleras a la luz de un pequeño quinqué que usaban para no despertar a nadie, pues los niños y algunos monitores dormían desde hacía rato. Del miedo que les entraba al pensar en lo sucedido ni siquiera se atrevieron a ducharse solos en el silencio de la noche, por lo que se fueron directamente a la habitación. Los cuatro amigos dormían juntos; Diego dormía al lado de la ventana con una linterna enganchada en la mano, porque siempre se levantaba durante la noche para ir al baño y así no se tropezaba con nada ni hacía ruido. Como estaban agotados, enseguida se durmieron y cayeron en un profundo sueño. De repente en mitad de la tranquilidad de la noche Diego pegó un salto de la cama, encendió la linterna alumbrando hacia la ventana y gritó a todo pulmón... “¿Quién anda ahiiiií!”. Los tres se despertaron tremendamente sobresaltados.

-¡Diego, por Dios, qué diablos haces? –gritó Luis.
-¡He visto a Sor Cándida en la ventana! –respondió nervioso.
-¿A Sor Cándida? ¡Anda ya, no digas tonterías! ¿Cómo vas a ver a Sor Cándida? Aquí no hay nada –dijo Isa asomándose por la ventana.
-¡Estaba ahí! Con la cara pálida, un rosario en la mano y mirándonos fijamente. ¡Os juro que la he visto!
-Diego, habrá sido una pesadilla. Es normal después de la sesión de sustos que hemos tenido hoy... Sigamos durmiendo, por favor, que sólo quedan tres horas para que nos suene el despertador –le dijo Águeda intentando tranquilizarlo.

Con alguna que otra dificultad consiguieron volver a dormirse. A la mañana siguiente sonó el despertador muy temprano, se dieron una buena ducha para despabilarse y empezaron un nuevo día de campamento. La jornada transcurrió sin el menor atisbo de extrañezas: no más grifos abriéndose y cerrándose, ni más ruidos extraños, ni más sobresaltos en la noche. Ni tampoco durante los días que quedaban de campamento. Si la casa tenía duendes o fantasmas juguetones o a una Candi con ganas de bromear, sin duda parecía que se habían cansado ya de jugar con ellos. Y como no había vuelto a pasar nada extraño no le dieron más importancia al asunto.

El último día de campamento, cuando estaba ya todo recogido, y los niños y monitores montados en el autocar, sólo quedaban en la casa Isa y Águeda, que estaban revisando que todo estuviera correcto y quedara ordenado. Una vez terminada la inspección de cada habitación, fueron a la suya a recoger sus mochilas y bajaron; a mitad de las escaleras, Isa se acordó de que había olvidado una carpeta con papeles en la habitación. Cuando volvieron por ella...

-¿Cómo ha llegado el crucifijo a la mesilla de noche, Águeda? ¿Lo has puesto tú ahí?
-¿Yo? ¡Qué va, por qué iba a hacer yo eso!

Por unos instantes el silencio se apoderó de la habitación y del resto de la casa.

¡Otra vez no! –exclamaron las dos mirándose atónitas.

Sin mediar palabra Isa cogió la carpeta y bajaron a toda prisa. Cerraron con llave y subieron al autobús rumbo a Almería.

*****

¡Espero que la espera haya merecido la pena y que os haya gustado el relato! Como dije al principio de la historia, está basado en hechos reales... uhhhhh....

Volveré la semana que viene.

¡Que disfrutéis mucho de las fiestas!

¡FELIZ NAVIDAD!


15 diciembre 2010

Rebelión (II)...


Con Luis al frente subieron las escaleras sigilosamente. Cuando llegaron arriba, advirtieron que el ruido procedía de la barraca y a medida que se acercaban, se escuchaba más fuerte. Al descubrir que alguien se había dejado el grifo de una ducha abierto respiraron aliviados y sin más lo cerraron. Justo al salir de la habitación, escucharon otra vez el mismo ruido. Volvieron sobre sus pasos...

-Otro grifo abierto y de otra ducha. ¡Madre mía! ¿Pero esto qué es? –dijo Águeda extrañada.

Estaban revisando todos los grifos para asegurarse de que quedaban bien cerrados, cuando empezaron a oír más ruidos en el otro cuarto de baño. Cuando fueron a ver, efectivamente había un par de grifos abiertos de los lavabos y una de las duchas.

-¡No puede ser! ¡Más grifos abiertos? ¡Pero si los acabamos de cerrar! ¡Qué está pasando aquí? – gritó Luis con la cara descompuesta.

Ante aquella situación un tanto desconcertante volvieron a revisar cuidadosamente todos y cada uno de los grifos, que parecían abrirse y cerrarse como si de una sinfonía musical se tratara. Cuando acabaron, salieron hacia el pasillo a toda prisa y se encontraron con Diego, que venía en su búsqueda al ver que tardaban en bajar.

-¡Aquí está pasando algo raro: los grifos se abren y se cierran solos a su antojo! -le dijeron apresuradamente.
-¡No digáis tonterías! ¿Cómo se van a cerrar y abrir los grifos solos? ¿No será que alguien se los ha dejado medio abiertos sin querer?
-¡No! –contestaron enérgicamente al unísono- Hemos comprobado dos veces que estaban bien cerrados y aun así algunos han vuelto a echar agua a toda presión.
-Eso no tiene mucho sentido, pero bueno vayamos a ver –contestó Diego con total escepticismo.

Una vez más se disponían a entrar en los cuartos de baños: Diego iba el primero, detrás Luis, y después Isa y Águeda agarradas de la mano. Todo estaba en calma. Diego revisó uno por uno los grifos: todos cerrados y en el más absoluto de los silencios...

-Yo no veo nada raro. No los habréis cerrado bien o será que las cañerías están viejas y las zapatillas un poco pasadas.
-¡Vaya! ¡Ahora parece que son paranoias nuestras! –respondió indignada Isa, mientras Luis y Águeda la apoyaban con el gesto de sus caras.
-Venga, vámonos para abajo que están todos esperando –dijo Diego.

Al salir de la barraca.... “¡Frasssssshhhh! ¡Frassssssssshhh! ¡Frasssshhhh!!!”. ¡De nuevo varios grifos en los dos cuartos de baño se abrían y cerraban sin ton ni son! Diego no tuvo más remedio que empezar a alucinar como lo habían hecho sus compañeros minutos antes, mientras sus caras reflejaban satisfacción por demostrarle que no estaban locos a la vez que desconcierto. Resignados ante lo inexplicable volvieron a cerrarlos uno por uno.

No habían comenzado a bajar las escaleras cuando de repente por el grifo del bidé de uno de los baños de monitores, situado en el otro ala de la casa, el agua empezó a correr a toda pastilla. De puro nervio y sin poder controlarlo Isa comenzó a llorar y Águeda a reírse. Diego y Luis simplemente callaban mientras contemplaban la escena boquiabiertos. Para sorpresa de todos Isa, que era la más miedica, entró en el baño con total determinación.

-¡Vámonos de una vez para abajo, por Dios! –dijo mientras cerraba con todas sus fuerzas el grifo.

El resto de monitores extrañados por la demora no tardaron en preguntarles qué pasaba al verles bajar con la cara blanca, aunque los cuatro testigos del extraño suceso no quisieron decir nada en ese momento en presencia de los niños.

Decidieron continuar con la marcha de lo que restaba de día como si no hubiese pasado nada. Cenaron, hicieron la actividad de la noche con los niños en el porche, tuvieron un rato de oración, los acostaron a todos y por último hicieron la reunión de evaluación. Todo volvía poco a poco a la normalidad.

Terminada la evaluación por fin llegó el rato de relax. Alberto, otro de los monitores, fue a la cocina por algunos snacks y por la botella de ron que estaba celosamente escondida en el estante más alto de la alacena.

-¿Quién ha sido el último que ha estado en el lavadero? Porque se ha dejado el grifo de la pileta abierto... –comentó al volver.




Continuará...


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09 diciembre 2010

Rebelión (I)...

La primera semana de agosto era la más esperada del verano. Tras semanas de trabajo y mucho esfuerzo por fin estaba todo listo para el campamento que el Proyecto Arco Iris, un grupo cristiano de una parroquia almeriense, organizaba cada año en Huetor-Santillán: un pueblo de Granada.

El lunes a primera hora trece adultos, entre monitores y equipo de cocina, y cincuenta menores de entre doce y catorce años partían en autocar rumbo a Huetor para pasar diez días en un caserón en medio de la sierra, propiedad de las monjas jesuitinas de Granada. El viaje, salvo el mareo de una niña y una corta parada en un área de servicio, transcurrió sin incidencias y en un par de horas llegaron a su destino.

La finca era muy grande; tenía una pequeña piscina, j
ardín, un huerto y una zona de árboles frutales. La casa, de paredes encaladas y tejas antiguas de barro, tenía dos plantas. En la planta baja estaba la cocina con un lavadero, el salón-comedor, una pequeña sala de reuniones para los monitores, la sala de juegos y un aseo. Una escalera de madera y loza conducía a la planta alta, donde había cinco dormitorios y dos cuartos de baño, para uso de los monitores, y una barraca con cuarenta literas y dos cuartos de baño, uno para chicas y otro para chicos, con cinco duchas, cinco lavabos y cinco retretes cada uno, para uso de los niños. En la parte delantera de la casa había un porche de vigas de madera donde cada día desayunaban todos al fresco de la mañana.

Como ya habían organizado varios campamentos, el proceso de instalación en la casa estaba perfectamente controlado: en algo más de una hora los niños habían elegido litera, todos habían deshecho los equipajes, el equipo de cocina ya preparaba el almuerzo y los monitores se disponían a comenzar las primeras actividades. ¡Por fin el campamento comenzaba a rodar!

Cada noche, cuando ya los chicos dormían, los monitores se reunían para hacer balance del día y recordar brevemente las actividades preparadas para el día siguiente. Éste era uno de los momentos más esperados, pues después de un día agotador a cargo de cincuenta niños era imprescindible tener un rato de desconexión en el que poder charlar tranquilamente una vez concluido el día de trabajo.

En cada estancia de la casa había un crucifijo colgado en la pared; en la sala donde se hacían estas reuniones además había un viejo y oscuro cuadro de Sor Cándida, una monja jesuitina que había fallecido hacía años. Con la intención de asustar a las monitoras Luis y Diego llevaban un par de días bromeando con que la casa estaba poseída por el espíritu de Candi, como ellos la llamaban, y diciéndoles que tuvieran cuidado porque vigilaba todos sus movimientos. Y aunque las chicas no les echaban cuenta, lo cierto es que cada vez que miraban el cuadro no podían evitar sentir algún que otro escalofrío.

Era el quinto día de campamento y como cada noche los monitores organizaban a sus grupos para las duchas y la cena antes de hacer una última actividad en el jardín. Cuando ya estaban todos esperando en el porche, de repente se escuchó un ruido en la planta de arriba...

-¿Y ese ruido? Si arriba no queda nadie... –dijo Águeda a Isa, la jefa del campamento.
-No sé, subamos a ver qué es. Luis, ven con nosotras –le susurró.


CONTINUARÁ...

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