
Sus pequeños despistes, aunque de poca importancia, cada vez eran más frecuentes. Aquella mañana se levantó y, aun sin saber muy bien por qué, todo le parecía diferente. Miró a su alrededor y no reconocía aquella habitación. Se asomó al espejo y no lograba adivinar la identidad de aquella silueta que en él se reflejaba. La turbación lo dejó paralizado. Cerró los ojos y respiró lento y profundo. Cuando volvió a abrirlos todo le parecía como siempre y se sintió aliviado. Por suerte para él no sabía lo que le esperaba...