12 octubre 2009

Palabroterapia...

¡Pues sí, amigos, otra vez! Estos días la cosa va de crear nuevas secciones en el blog. Ésta se va a llamar: EL BAÚL DE LOS RECUERDOS. Ahora que no tengo demasiado tiempo para ponerme a escribir cosas nuevas se me ocurre volver a sacar a la paestra cosas que escribí hace tiempo que, o bien, pasaron un tanto desapercibidas en su momento, o bien, no habéis leído porque hicísteis el gran descubrimiento (de mi blog, jajaja) más tarde. Aquí os dejo un post un poco surrealista que, además, me trae muy buenos recuerdos. Espero que os guste.

PALABROTERAPIA (16/05/2007)

Pues sí, definitivamente, padezco de insomnio. Mis dificultades para conciliar el sueño, a veces, llegan a sacarme de quicio. Básicamente, el dichoso motivo es que cuando me echo a dormir no soy capaz de concentrarme; no consigo concentrarme en el simple hecho de dormir (¡con lo fácil que parece!). Le doy tantas vueltas a todo, importante o no, que no soy capaz de decirle a los pensamientos que pululan por mi mente: “¡Hasta luego, Lucas! ¡¡Mañana, más!!!”

He probado decenas de remedios naturales; duchas relajantes, todo tipo de infusiones (y eso que las odio!), valeriana, que también es natural, leer, poner la teletienda, hasta contar ovejitas... y nada, mi insomnio me dice que “nanai de la china"!

El caso es que tengo un amigo que dice que hay palabras que relajan. Sí, sí, que relajan. Él lo llama Palabroterapia. Al poco tiempo de iniciarme como blogger, hice una pequeña reflexión acerca del valor de las palabras pero desde luego, hasta ahora, no había contemplado la posibilidad de la existencia de palabras con efectos relajantes...

- No tienes muy buena cara, qué te pasa, Angie?
- Ufff, tío! Que llevo unos días durmiendo fatal. No consigo dormirme antes de las 4’00 de la mañana y claro, el cansancio comienza a hacer estragos en mi.
- ¿Otra vez con insomnio? ¡Vaya tela! Pues eso tienes que solucionarlo, tía.
- Ya, pero y qué le hago? Los remedios naturales no me sirven de nada y tengo claro que no voy a tomar pastillas para dormir. Prefiero aguantarme.
- Pues sabes, yo que tú probaría lo de las palabras que relajan.

- Lo de las palabras que relajan ¿ y se puede saber qué porras es eso?
- Pues eso, que hay palabras que relajan. Tú, cuando necesites relajarte un poquito, respira hondo y di en voz alta, clara y pausada “Bradli” (seguramente, no se escriba así pero bueno, así suena..) “Bradli”, Bradli”... y ya verás como, poco a poco, vas entrando en un placentero estado de relax.
- ¿Estás seguro? ¿Cómo va a relajar eso, Jose?
- Que sí, Angie, tú hazme caso y ya verás.
- Mmmmm...
- También puedes utilizar otras palabras. Glasgow, por ejemplo.
- ¿Glasgow?
- Sí, sí! Y si las vas combinando, mejor aún! “Bradli, Bradli, Glasgow, Bradli, Glasgow, Glasgow, Bradli”... y así, al poco, verás como te duermes.
- ¿Te estás quedando conmigo, no?
- ¡Que no, chiquilla! ¡Ah! Y para casos extremos... “erre que erre, erre que erre” también relaja.
- ¡Ja, ja, ja... No puedo contigo! ¡Lo tuyo es de psicólogo, tío!
- Sí, sí, lo que tú quieras, pero tú acuérdate de esas palabras cuando no puedas dormirte...

La otra noche, allí estaba yo, acostada y, una vez más, sin poder pegar ojo. ¡Ni tila, ni lectura, ni ovejitas que valieran! Y entonces, me acordé de la conversación que tuve con mi amigo...

“Caray, Angie! ¿y si pruebas lo de las palabras que relajan? ¿Será verdad? ¿Cómo era? ¡Bradli, Bradli, Glasgow, Glasgow..! ¡Aysss! ¿y cuáles eran las palabras para casos de necesidad? ¿“Ábrete Sésamo”? no, eso era lo de Alibabá. ¿”1+1 son 7”? Anda no, que eso era lo de Los Serrano. ¡Lo tengo! ¡“Erre que erre, erre que erre”!...

Y allí estaba yo, en mitad de la noche oscura y silenciosa, recitando las palabras ¿mágicas? Venga, Angie, respira hondo y....

“Bradli, Bradli, Glasgow, Glasgow, Bradli, Glasgow, Bradli, Bradli”

respira hondo y...

“Bradli, Bradli, Glasgow, Glasgow, Bradli” “erre que erre, erre que erre, erre que erre, erre que erre”...

A estas alturas del post, seguramente estás pensando “ el amigo de Angie estará colgado pero ella más todavía por creerle”. Puede... No te contaré si me funcionó, mejor me lo cuentas tú porque, de una cosa estoy segura... Cuando necesites relajarte, me apuesto lo que sea a que te acuerdas de mi y de este post, así que... Ya me contarás cómo te fue a ti la palabroterapia...! :P

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09 octubre 2009

Una Historia en 100 palabras (O Menos)...

Ayer, leyendo el blog de Gamar, uno de los blogueros que sigo y que me sigue, se me ocurrió inaugurar una nueva sección en mi blog. En el post que publicó contaba una pequeña historia tres veces, partiendo de una misma situación, pero con circunstancias totalmente diferentes en cada una de ellas.

Mi comentario fue una variante más de dicha historia. Y eso precisamente fue lo que me animó a crear esta nueva categoría en El Mundo de Angie: "Microrrelatos", ya que me apetece ejercitar mi capacidad de síntesis (que, a veces, me cuesta la propia vida, jajaja). La mecánica es simple, contar una historia con menos de cien palabras. A ver qué tal se me da...

De momento, aquí os dejo dos, la primera es la que publiqué en el blog de Gamar y la segunda, otra que me he inventado yo para la inauguración. A ver qué os parecen.


MINIRRELATO 1: NADA ES LO QUE PARECE




Salió del baño con los pies mojados, resbaló y quedó inconsciente. Tumbado, sentía como la oscuridad asfixiante lo aplastaba. Entonces, despertó. Todo había sido una pesadilla.

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MINIRRELATO 2: CRISIS

A punto de cumplir los cuarenta, con un trabajo que odiaba y una esposa que lo engañaba con el que creía que era su mejor amigo, se sentía un fracasado. El desencanto inundaba todos los rincones de su vida. Agobiado por tanto hastío, quiso huir de todo. En dos maletas, cupieron sus efectos más valiosos. No sabía dónde iría, ni qué haría, lo único que tenía claro era que ya había desperdiciado demasiado tiempo en ser un amargado y que ya era suficiente. El momento de darle un cambio a su vida había llegado.

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05 octubre 2009

Leo: El Vecino del 5º (Parte III)...

Leo, el vecino del 5º (Parte I): Aquí
Leo, el vecino del 5º (Parte II): Aquí
***

Los momentos mágicos son tan misteriosos y tan asombrosos que llaman poderosamente nuestra atención a la par que parecen pasar desapercibidos. Y eso fue lo que le pasó a Ana. Cuando quiso darse cuenta, llevaban unos minutos besándose. Minutos de los que, por supuesto, había perdido totalmente la noción hasta que tan romántica canción llegó a su fin.

Aunque irreales, Ana incluso creyó escuchar interferencias en el equipo de música, que la trajeron de vuelta al salón no sin cierta brusquedad. Entonces, como si de una pompa de jabón se tratara, aquel momento mágico se desvaneció en el aire.

De repente, todas las señales corporales hacia Leo fueron de rechazo. Con movimientos visiblemente atolondrados, se apartó de él.

-Lo siento, Leo, he de irme.
-Pero Ana..
-¡Necesito salir de aquí! ¡Perdóname! -le dijo ante su atónita mirada.

Ana salió tan aprisa de casa de Leo que ni siquiera cogió su bolso. Cuando llegó a la suya, se quedó sentada en el suelo, apoyada en la puerta. Ella era la primera sorprendida por tan desmedida reacción, tenía las manos sudorosas, el corazón le latía a mil por hora y aún notaba cómo le temblaban las piernas. Y, para colmo, tenía unas ganas de llorar tremendas, aunque no sabía muy bien por qué.

“¡Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿En qué estaba pensando? ¡Que es Leo, joder!” ¿Me gusta Leo? Pero si es mi amigo, ¿cómo me va a gustar? ¡No puede ser! Es imposible. ¡No me gusta! ¿O sí? Porque entonces ¿por qué he correspondido sus besos? ¡Javián! ¡Ufff! ¿Y si se entera Javián? ¿Qué pensaría? ¡Dios! ¡No, no me gusta, claro que no me gusta! Además, no quiero meterme en otra historia, no estoy preparada. Aunque me pregunto si algún día lo estaré. ¿Y si me gusta pero no lo sé? ¿Y si estoy confundiendo la amistad? ¿Y si la está confundiendo él? ¡No quiero perder a mi mejor amigo! ¿Qué quiere Leo de mi? ¿Sólo un polvo? Él sabe cómo soy. ¿Algo más serio? ¿Y si sólo se ha dejado llevar por el momento y, en realidad, no quiere nada?...” -Miles de preguntas se su sucedían en su cabeza una y otra vez.

En realidad, la reacción de Ana tenía una explicación muy sencilla: ¡Estaba muerta de miedo!

Miedo de sentirse culpable por estar a gusto con alguien, de volver a disfrutar, a ilusionarse; miedo de volver a abrir su corazón, a sentirse vulnerable; miedo de sufrir otro desengaño, de lo desconocido, de perder un amigo; miedo de pasar página de verdad cerrando para siempre la puerta del pasado; la puerta que, aunque no lo reconociera, se resistía a cerrarle a Javián, a pesar de que él ya no la quisiera; miedo de abrir una nueva puerta y no saber si lo que habrá detrás de ella será mejor o peor; de elegir, de equivocarse; miedo de darse cuenta que Leo le gustaba mucho. Tenía miedo de volver a ser feliz.

“Será mejor que me vaya a la cama a dormir; mañana será otro día”. –pensó.

En el cenicero que había en la mesita de la entrada había un tornillo. Al verlo cuando fue a levantarse del suelo, recordó una frase que siempre decía su madre: “El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son”. Se quedó parada unos instantes y entonces empezó a reírse. Cogió el tornillo y salió corriendo.

Cualquiera que la hubiera visto subiendo las escaleras a toda prisa mientras reía hubiera pensado que le faltaba un tornillo. Nunca mejor dicho... Pero es que no era un tornillo cualquiera.

Diiiiiiiiin Doooooooooon –llamó al timbre.

Leo abrió la puerta con el bolso de Ana en la mano.

-Supongo que vienes por esto –dijo abochornado.
-¡Ohhh, mi bolso! –Ana ni siquiera se había dado cuenta del olvido.
-Ana, yo...
-¡Espera, Leo, déjame hablar a mi primero! ¿Ves lo que llevo en la mano?-le dijo enseñándole el tornillo.
-Sí, el tornillo suelto que nos encontramos un día mientras paseábamos. ¿Aún lo guardas? –preguntó sorprendido.
-A pesar de que en aquellos momentos estaba totalmente desencantada del amor y no quería oír hablar de hombres, querías que lo guardara para que, cada vez que lo viera, no se me olvidara nunca que, aunque a veces se sufra, el amor es alucinante y que es maravilloso ser un “loco enamorao”. Me dijiste que el amor y la locura van cogidos de la mano y, sabes, tenías razón, Leo! Por qué vivir intentando buscar razones para todo, pensando las cosas sin cesar, si algo saldrá bien o no, prohibiéndonos dejarnos llevar. Por qué vivir con miedo a ser feliz, con miedo al amor, si el amor es lo más grande del mundo.
-Ana...-dijo, interrumpiéndola- ... sé que en los últimos meses lo has pasado muy mal por culpa de Javián, y que confiabas en mi y en nuestra amistad. No quiero que pienses que me quiero aprovechar de ti. Hace tiempo que quería hablar contigo sobre nos...
-Shhhhh, calla... -dijo poniéndole el dedo índice en los labios- ¿No te das cuenta de lo que te estoy diciendo, Leo? ¡Lo que tenga que ser, será! Mientras... ¡Bésame, tonto!
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Nota: Esta es la última parte del relato. Al menos, de momento porque, es probable que me invente en un futuro más historias sobre Leo y Ana. ¡Espero que os haya gustado y hayáis disfrutado leyéndola tanto como yo escribiéndola! Ahhh, y gracias por los días de espera.

23 septiembre 2009

Leo: El Vecino del 5º (Parte II)...

NOTA: Leo, el vecino del 5º (Parte I): Aquí

***

Una tímida sonrisa en medio de ese silencio fue lo único que Leo recibió, sin embargo, lo que Ana recibió fue una especie de descarga eléctrica directa al corazón cuando oyó aquella frase.

“Por cierto, esta noche estás preciosa, princesa”.

La frase retumbó con fuerza en todo el salón y con más fuerza aún en su cabeza. De repente, se agolparon mil ideas en su pequeña cabecita, haciendo más estruendo que un elefante en una cacharrería.

“Esta noche estás preciosa, princesa”, “Esta noche estás preciosa, princesa” –escuchaba Ana una y otra vez.

No pudo evitar que el recuerdo de Javián asaltara sus pensamientos. Siempre había sido muy halagador y esa frase la había escuchado infinidad de veces de sus labios.

“Esta noche estás preciosa, princesa”.

Ana era su princesa. Lo había sido durante más de seis años y le encantaba; pero, a veces, aún le costaba pensar que ya no lo era. ¡Y hacía tanto tiempo que no la llamaban así! Justamente un año, que era el tiempo que hacía que Ana y Javián no estaban juntos.

Todos estos pensamientos se habían sucedido en décimas de segundo, pero fueron suficientes para que Leo pensara que, aunque Ana le había sonreído, quizá había hecho algún comentario desafortunado.

-¿He dicho algo que te haya molestado? –preguntó Leo un tanto desconcertado.
-No, no –dijo volviendo de nuevo en sí- es sólo que me acordé de algo.
-¿De algo o de..?
-Bueno, Leo, ¿con qué nueva receta me vas a deleitar? –dijo sin dejarle acabar la frase.
-Vale, indirecta captada, cambiamos de tema- pensó- Con un pescado a la sal. Espero que te guste.

Efectivamente, los platos que había elegido para aquella noche habían sido todo un éxito. A Ana le encantaron, sobre todo, ese delicioso postre, al que tan bien le había encontrado el punto.

-¿Habré probado veces tu mousse de chocolate? Pues creo que esta vez es la que mejor te ha salido. Desde luego, cada día te superas más, Leo. Podrías dedicarte a esto si un día te cansas de trabajar en lo tuyo.
-¡Qué va! Esto es sólo una afición. Trabajar en la hostería es demasiado duro.
-No, no, si no digo que montes un restaurante. Digo que te plantees seriamente ser chef.
-Jajaja.. ¡Uf! ¡Peor me lo pones! Eso sí que es complicado. Será por eso que no hay demasiados chefs en el mundo.
-Bueno, tú estás harto de decírmelo. Imaginar es querer, y querer es poder. Es sólo cuestión de ponerle alas a los sueños para que echen a volar...
-Ya, pero...
-Ni pero, ni manzana. Yo sólo te digo que no estaría mal que algún día te lo plantearas – dijo ella guiñándole un ojo.
-¡Vale, pues lo mismo te digo!
-¿Yo, chef? Pero si a mi me sacan de los filetes a la plancha y los espaguetis y me pierdo...-dijo riendo.
-No, tonta, me refería a tu ilusión de dedicarte a la escritura profesionalmente. Estoy convencido que si te pusieras a conciencia, lograrías que te publicaran algo.
- Vale, pues yo me propongo seriamente lo de escribir si tu te propones seriamente lo de cocinar... -rieron.

Leo tenía la habilidad de llamar la atención de la gente y, poco a poco, consiguió que, fuera lo que fuera lo que distrajo a Ana, fuera pasando a un segundo plano. Así que la velada transcurrió con total normalidad.

Se levantó a cambiar el cd. Pista número cinco, “Moon Rive
r”, interpretada por Barbra Streisand, una de sus cantantes favoritas.

-¡Me encanta esta canción! ¿Bailas? -le dijo tomándola de la mano.

Ana nunca había sido demasiado buena bailarina pero se dejaba llevar. Además era fácil, pues el ambiente acompañaba. Buena cena, buena música, tranquilidad y lo mejor, buena compañía. Estaba a gusto, sentía que Leo la protegía mientras la mecía al son de cada nota.

Él, sin más, saboreaba el momento. Y entonces no fue capaz de contenerse por más tiempo. ¡Llevaba meses haciéndolo y por fin se había armado de valor!

A la par que sus brazos se deslizaban suavemente por su cintura, sus labios acariciaron lentamente aquellos labios carnosos que tantas veces había deseado.



Continuará...


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17 septiembre 2009

Leo: El vecino del 5º... (Parte I)

Ana llevaba algunos años viviendo en el mismo bloque. Sólo eran diez vecinos, así que se conocían todos muy bien. Salvo contadas excepciones, como la odiosa vecina cotilla y metomentodo del 2º izquierda, todos los vecinos eran bastante agradables, no obstante, con el que mejor se llevaba era con Leo, el vecino del 5º.

Ana y Javián siempre habían tenido mucho trato con él, ya que los tres eran más o menos de la misma edad. Hacía casi dos años que Leo vivía sólo, tras haber roto con su novia, con la que había vivido allí mismo durante tres años.

A raíz de la ruptura de Ana y Javián, Leo y ella empezaron a verse más a menudo. Él hacía relativamente poco que había pasado por una situación similar y sabía lo mal que lo estaba pasando y lo difícil que le estaba resultando seguir adelante con su vida. Por eso siempre intentaba estar pendiente de ella; procuraba convencerla para ir a tomar unas cervezas o ir a bailar un rato, la invitaba a su casa a merendar, porque sabía que le chiflaban los bizcochos y las tartas, la llevaba al parque a pasear y tomar un poco el aire, de vez en cuando iban al cine. En definitiva, se preocupaba por ella porque sabía lo malos que eran esos meses de duelo que tienen las rupturas amorosas que parecen ser definitivas y siempre hacía todo lo posible por sacarla de esas cuatro paredes.

Ana y Leo hacía tiempo que habían dejado de ser simplemente vecinos y se habían convertido en buenos amigos. Solían conversar durante horas, cosa que Ana, en los últimos tiempos, necesitaba muchísimo. No es que Leo fuera su mayor confidente, pero había encontrado en él la compresión que, en ocasiones, no llegaba a tener por parte de sus amigas más íntimas y una visión masculina que tampoco le venía nada mal tener.

- ¿Tienes algo que hacer esta noche, Ana?
- Aparte de ver la tele un rato cuando termine de cenar...
- Te invito a cenar en casa.
- Te lo agradezco, Leo, pero... ¡uf!, es que hoy no me apetece mucho hacer nada.
- ¡Venga ya! No seas malaje. Tengo una nueva receta que quiero cocinar y... bueno, alguien tiene que ser el conejillo de indias que se atreva a probarla, no...? -dijo guiñándole un ojo.
- Está bien. Pero porque eres tú, que si no...
- ¡Estupendo! Pues vente para casa a las diez. ¿Te parece bien?
- Sí, a las diez está perfecto.

Se apresuró a ir a comprar todo lo que le hacía falta. Leo estaba encantado con la idea de preparar una cena para ella. Se pasó casi toda la tarde metido en la cocina, pero mereció la pena. El pescado al horno tenía una pinta exquisita y el postre que había preparado estaba convencido que haría las delicias de la golosa Ana.

A las diez
y cuarto sonó el timbre. Suerte que, al vivir en el mismo bloque, Ana sólo se retrasó quince minutos porque, a veces, su eterna impuntualidad llegaba a ser desesperante.

- Buenas noches, he traído un poco de vino.
- ¡Oh! No hacía falta, Ana, pero gracias. ¡Pasa, pasa!

Cuando pasaron al salón, se sorprendió al ver lo bien que Leo había montando la mesa. Un vela en el centro, una vajilla muy chic que había comprado la última vez que había estado en Londres, las copas para el vino y, por supuesto, un cd de buena música de fondo. No faltaba detalle alguno.

- ¡Vaya, qué nivelazo, por Dios!
- ¿Te gusta?
- Sí, si. ¿Celebramos algo hoy, Leo?
- ¡Me alegro! Celebramos que no hay nada que celebrar. No hacen falta motivos especiales para hacer algo especial. ¿Por qué esperar a cumplir años para hacer una fiesta con los amigos cuando los otros 364 días también pueden ser igual de únicos?
- Tienes razón.
- Pero sabes qué, pensándolo bien, en realidad sí que hay un motivo específico para haber preparado esta cena...
- ¿De veras? –respondió intrigada- ¿Y cuál es? ¿Te han ascendido en el trabajo?
- No.
- ¿Entonces?
- ¡Tú! El motivo especial eres tú. ¡Porque toda tú eres especial! Por cierto, esta noche estás preciosa, princesa...

La respuesta de Leo fue totalmente inesperada para Ana; había sido tan contundente en sus palabras que, por unos instantes, el silencio se hizo dueño del salón y ella, sonrojada, sólo atinó a sonreír.



Continuará...
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