
Aunque ya sé que el tiempo es una magnitud física inventada por el hombre, en los últimos tiempos (nunca mejor dicho..), es un tema que me trae loca, quizá, hasta un poco obsesionada.
Bicheando por la Wikipedia, he visto que un tal Renny Yagosesky (a lo mejor el tío este es super famoso, disculpe mi incultura en la materia Sr. Renny..), dice que el tiempo es un factor de impacto y stress en la vida cotidiana, pues las personas tienden a desear disponer de más tiempo para vivir, para trabajar o para divertirse. (permítame que discrepe con usted en lo de que las personas tienden a desear disponer de más tiempo para trabajar más. No, no, no, usted perdone, pero... al menos yo soy cuasi-alérgica al trabajo...).
En fin, a lo que iba, que me desvío del tema...
Yo creo que este señor lleva razón en aquello de que el tiempo es un factor de stress. A mi desde luego, últimamente, me lo está causando. De hecho, acompañado lógicamente de otros muchos factores, hasta está causando estragos en mi. Al menos, suerte que algunos de esos estragos me están viniendo bien para el bikini, porque no tengo demasiado apetito últimamente.
El caso es ese, que el tiempo me trae loca. Tengo la sensación de que, últimamente, el tiempo controla mi vida más de lo normal. Mi cuerpo pareciera estar convirtiéndose en un reloj manejado por las agujas de mi vida, unas agujas que, irremediablemente, me atan a un pasado y un futuro presentes en mi presente; o en un reloj de arena, una arena que se escurre entre mis dedos a su total antojo.
Hace poco, os contaba que pensaba que el tiempo, a veces, no pone las cosas en su sitio. Y tuvimos un interesante debate sobre el tema. Sigo pensando lo mismo, aunque he de reconocer que mi postura se ha desrradicalizado un poco, debido a una serie de circunstancias que, si me permitís, me reservaré para mi.
En un espacio muy corto de tiempo, he deseado que el tiempo se detuviera eternamente en un instante. Un instante que no deseaba que acabara nunca. Un instante que me parecía mentira estar viviendo. Un instante de felicidad.
He deseado también que las agujas del reloj echaran marcha atrás, empezando a desandar un largo camino, que me condujera de vuelta a un determinado momento de mi vida, llegando incluso a retroceder varios años, sólo por la vana ilusión de que el destino repartiera sus cartas entre los jugadores de forma diferente a como lo hizo en su momento.
He vuelto a desear que el tiempo se detuviera de nuevo, que pasara tan lento que pareciera no transcurrir, a pesar de saber bien que eso es imposible.
Ahora lo que deseo es que el tiempo no sólo pase, sino que vuele! Hoy me parece que las agujas tardan una eternidad en darle la vuelta al reloj. Y, paradójicamente, por momentos, deseo lo contrario, que no se detenga pero que no avance, porque me da miedo que la arena del reloj termine de pasar al otro lado.
Ese Tic-tac que, por momentos, parece que se congela y por momentos se derrite, los inquietos latidos de mi corazón y mi acelerada respiración cada vez que lo pienso, creo que van a acabar por volverme loca de atar!
Pero la realidad es que, nada de lo que yo desee acerca de esto, ocurrirá. El tiempo transcurrirá a su ritmo, sin más, importándole un pimiento las influencias y las consecuencias que traerá o se llevará de mi vida.
¡Dichoso el hombre que tuvo la genial ocurrencia de inventar tan estresante magnitud!
