
A aquella hermosa joven, desde siempre le había gustado salir a pasear y adentrarse en el bosque que había cerca de su casa. Cada paseo era un descubrimiento: un nuevo árbol, un nido de jilgueros, una hermosa flor, un destello de luz al atardecer.
Cada tarde, después de dar su solitario paseo por el bosque, acababa en el mismo sitio. Prácticamente, se había convertido en un pequeño ritual: siempre ante el mismo árbol. Desde luego, no era el mejor del bosque. Su grueso tronco dejaba ver que llevaba muchos años allí plantado, pero su aspecto no era demasiado bueno; a veces, diera la sensación que era un árbol moribundo. Sin embargo, para ella resultaba ser el más hermoso de todos.
Inspiraba algo en ella que no sabía muy bien cómo explicar pero que, sin duda, era algo especial. Realmente, no sabía por qué siempre acudía allí; era como si la atracción hacia ese árbol fuera tan poderosa que no pudiera resistirse a ella.
Embelesada, contemplaba la belleza que veía en el árbol, su árbol y, casi impulsivamente, cerraba los ojos, respiraba profundo y se abrazaba a él. Sólo entonces, se sentía protegida de cualquier peligro que pudiera acecharle. Sólo entonces, se sentía en un envolvente estado de calma y paz interior.
Poco a poco fue dándose cuenta de que las ganas de ir a buscar esos abrazos tan particulares cada vez eran más intensas. Así que la frecuencia de los paseos y las visitas a su árbol querido aumentaron cada vez más.
Un día se dio cuenta que llevaba meses así y que, desde entonces, el árbol había empezado a mostrar una belleza cada día más esplendorosa; convirtiéndose poco a poco en un árbol robusto, de colores brillantes y sólidas raíces. Nada quedaba ya de ese aspecto moribundo que solía tener. Y lo mismo le pasaba a ella. Su madre, que la conocía bien, lo sabía. Llevaba semanas diciéndole que su mirada parecía diferente, que tenía un brillo especial; ese brillo que sólo tienen los ojos enamorados.
Una tarde más fue a cumplir con su particular rito, que tan bien la hacía sentir. Fue la última vez que lo hizo.
De camino hacia aquel lugar, mágico para ella, empezaba a anochecer. Cuando llegó a los pies de su árbol, tan sólo la acompañaban la radiante luz de una luna llena y el silencio tan ruidoso de los bosques.
Alargó su brazo para tocarlo. Y empezó a sentir algo que, hasta ahora, no había sentido nunca. Al principio, sintió miedo, estaba desconcertada. Pero sólo le duró unos instantes, el instante preciso para volver a sentir esa calma que tanto la reconfortaba.
Su mano se tornaba idéntica a la corteza de su árbol. Mismo color, misma textura. Como si de un imán se tratase, poco a poco todo su cuerpo se fue transformando lentamente hasta que ambos se fundieron en uno solo.
Jamás se supo de la bella joven. El paso del tiempo convirtió aquel árbol en el más hermoso del bosque. De esto hace ya más de cien años.
Las voces aldeanas dicen que la joven, enamorada, decidió entregarse al amor eterno, fundiendo sus almas en un solo cuerpo, en un solo corazón.
Cuenta la leyenda que todos los enamorados que, en las noches de luna llena, van a contemplar el hermoso árbol y graban allí sus iniciales, son bendecidos con la magia del amor eterno.
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Autora: Yo. (Vamos que, mejor o peor, no es ningún cuentecillo cogido de internet ni nada de eso, jejee...).
