25 marzo 2011

Ana La Gata (Homenaje a Lyz Taylor)...

En homenaje a la estrella que hace unos días nos ha dejado publico de nuevo un relato que escribí hace algún tiempo y que estaba inspirado en "La Gata sobre el tejado de zinc". Lo único que hecho ha sido revisarlo y cambiar pequeñas detalles de redacción. Espero que disfrutéis de su lectura tanto si lo leísteis en su momento como si ahora es la primera vez.


ANA LA GATA



Como cada mañana a Ana le encantaba desayunar en la terraza mientras leía un rato el periódico. Ojeando la cartelera, vio que en uno de los cines de verano de la ciudad reponían “La gata sobre el tejado de zinc”. De repente sintió cómo se le erizaba el vello y sufrió un viaje al pasado que la transportó una década atrás, a su época universitaria...

Hacía mucho que Ana no le dedicaba apenas tiempo a una de sus aficiones preferidas. Durante sus años de Universidad participó en varios talleres de escritura, que siempre le habían parecido de lo más interesante.

En el primero al que se apuntó solían recitar poemas de Bécquer y Neruda; leían a los grandes maestros de la literatura y analizaban sus obras, descubriendo siempre en cada palabra, cada verso, cada frase, un matiz nuevo, diferente. Y en ellos se inspiraban para inventar historias y escribir algunos relatos y poemas.

Era un taller muy reducido, de no más de diez personas, por lo que en él se respiraba un ambiente acogedor y bastante íntimo, y el trato con el profesor, Diego, era muy cercano.

Diego era el típico profesor del que casi todas las alumnas se enamoran. Tenía cuarenta años y, aunque llevaba media vida en España, su dulce y sensual acento seguía delatando que había vivido en la tierra del tango hasta los veinte.

A Ana le gustaba mucho charlar con él, pues era un hombre culto y sus conversaciones siempre eran interesantes. Además sus gafas de pasta le daban cierto aire intelectual y esa mirada seductora de ojos casi negros y sus incipientes canas en la sien lo hacían más atractivo todavía. Le encantaba, era su secreto inconfesable.

Diego siempre llevaba algún libro con él. Le encantaba irse a la cafetería a leer un poco cada vez que tenía un rato libre. Un día se encontraba tomando un café mientras disfrutaba de una de sus lecturas favoritas cuando apareció Ana. Nada más entrar ella se había percatado de su presencia, pero su timidez hizo que simplemente lo saludara al pasar por su lado.

-Buenos días, Ana. ¿Adónde vas tan rápido? ¿Te apetece sentarte aquí conmigo?
-Es que estoy esperando que llegue una amiga.
-¡Pues perfecto entonces! Espérala aquí. Te invito a un café mientras tanto. ¡Camarero!...
-Está bien, aunque no creo que tarde mucho en llegar.

Se sentía un tanto apurada pues, aunque le encantaba charlar con él, en el momento en que la conversación tenía lugar fuera del taller que él impartía y podía derivar hacia otros temas que nada tuvieran que ver con la literatura, Ana se ponía nerviosa y a veces no sabía ni de qué hablar.

-Me ha gustado mucho el relato que has leído hoy en clase –dijo él para romper un poco el hielo.
-¿De verdad?
-Sí. Muy bien estructurado. Claro, conciso y contundente. Tus palabras tienen mucha fuerza. Te felicito.
-¡Gracias! Para mi es muy importante tu opinión.
-Vas por muy buen camino, sigue así, Ana.
-¿Y ese libro? ¿Qué estás leyendo ahora?
-Una obra de Tennessee Williams. Ya estoy terminándomela. Seguramente la conocerás, “La gata sobre el tejado de zinc caliente”, ¿la has leído?
-No. Ni siquiera he visto la película.
-¿Cómo que no? ¿Ni siquiera la película? ¡Pero si es un clásico del cine! Me sé los diálogos de memoria, la he visto cientos de veces. La obra es mucho mejor que la película pero aún así es casi un delito no haber visto a Paul Newman en el mejor papel de su vida y a esa majestuosa y bella Elisabeth Taylor en el papel de Maggie.
-La verdad es que no he visto demasiado cine clásico-respondió ella.
-¡Pues muy mal hecho! Eso hay que solucionarlo. Precisamente ahora están reponiendo la película en el cine Avenida. Yo tenía pensado ir a verla. ¿Te apetecería venir a verla conmigo? –le preguntó tras unos segundos callado.
-¿Al cine? ¿Contigo? ¿Los dos juntos? -respondió nerviosa.
-¡Claro! ¿Qué mejor ocasión? Además así voy acompañado, no me gusta ir solo al cine. Prometo comprarte palomitas...-dijo sonriendo.

Dudaba si sería correcto aceptar su propuesta, pero el plan le parecía tan apetecible...

-¡Venga, vale! ¡Me apunto! ¿Vamos esta tarde? ¿A qué hora es? –respondió tras tomar la decisión.
-A las ocho, en el Avenida.
-Está bien, nos vemos allí a las siete y media.
-Estupendo, allí estaré.
-Y yo. Me voy, que ya viene por allí mi amiga. Nos vemos después.
-Hasta luego.
-Adiós -le dijo mientras iba al encuentro de su amiga con una gran sonrisa en la cara, que él no vio porque ya se había dado la vuelta.

Lo que Ana no sospechaba era que la sonrisa con la que Diego prosiguió leyendo, eran aún más grande que la suya. Desde la primera vez que la vio aparecer por el aula había quedado prendado de su belleza. Con esa cara tan dulce, su melena larga y ese vaivén de caderas al caminar que era capaz de volver loco a cualquiera, le parecía la joven más atractiva que había visto nunca. Y después de haber hablado con ella y haberla tratado un poco, mucho más. Ana tenía duende. Y esa timidez que a veces no podía disimular, no hacía sino acrecentar esa magia especial que poseía.

Aquella tarde fueron al cine tal y como habían acordado. Ana se retrasó un poco. La impuntualidad era una de las cosas que siempre se proponía corregir y casi nunca lograba.

-Lo prometido es deuda. Aquí tienes tus palomitas. ¿Se te antoja algo más?
-No gracias.
-Compraré algunas chocolatinas de todas formas, que a mi me encantan.
-¿Entramos ya? Estará a punto de comenzar.
-Sí, entremos.

El Avenida era uno de los pocos cines con encanto que quedaban en la ciudad. Entraron en la sala, que estaba medio vacía, y ocuparon sus asientos.

-Elisabeth Taylor es una de mis actrices favoritas. Ya verás como te gusta.

Ana, mirándolo en silencio, simplemente sonrió. Sentía un nudo en el estómago cada vez más fuerte. No podía creer que aquello fuera algo parecido a una cita con su admirado profesor.

Durante las casi dos horas que duró la película, Diego estuvo mirando más tiempo a Ana que a la pantalla. Disfrutaba contemplándola. Se deleitaba con la naturalidad de sus gestos, con esa dulzura que desprendía su mirada; una mirada que casualmente le recordaba a la mirada felina de la protagonista. Ella notaba que la miraba, pero prefería disimular y cruzaba con él sólo algunas de ellas.

No hacía falta mirar a la pantalla. A su lado, a escasos centímetros, sentía el hechizo de esos grandes ojos azules, casi violetas que, aunque llenos de dulzura, tenían poderes hipnóticos si se miraban fijamente. Era su Maggie particular.

Diego luchaba por no sucumbir ante ellos e intentaba reprimir sus deseos, pero apenas lo lograba. Intentaba concentrarse en la película pero a mitad de la proyección ya no podía más.

Acercó lentamente su mano a la suya; el inesperado revoloteo de mariposas que Ana sintió en el estómago al contacto con su piel casi la dejó sin respiración. La tomó de la barbilla y sus miradas, clavadas la una en la otra, detuvieron los segundos en un instante único, mágico. Entonces sucedió. Sus labios se fundieron en un beso que inundó la sala de esa química que hacía que saltaran chispas.

Aquel momento fue el principio de un bella historia que llevó a sus dos protagonistas a disfrutar el uno del otro durante el resto del curso.

Una historia que no pudo durar más tiempo por culpa de la distancia que los separó cuando destinaron a Diego al año siguiente a otra ciudad pero que, mientras duró, fue poco menos que perfecta.


Ana aprendió a amar junto a él por eso, aunque su historia no hubiera durado demasiado, la atesoraba en su corazón como una de sus mejores experiencias vividas hasta el momento.

“La gata sobre el tejado de zinc” le recordaba irremediablemente a él. Hacía años que no la veía y cuando vio en el periódico que reponían aquella película tan especial para ambos, no dudó ni un instante el ir a verla de nuevo. Nunca olvidaría la película que tanta magia trajo a su vida.

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NOTA: A todos los que dejaron un comentario en el post anterior, Noches de Messenger, decirles que os he contestado a todos antes de publicar este post.


7 comentarios:

Alfonso dijo...

Quizás una de las mujeres más guapas de la historia del cine :)

Un abrazo!

Angie dijo...

ALFONSO:

Quizá, no: ¡Seguro!

Pero.. ¿y el relato? te ha
gustado? jajaja...

Besos. Angie.

ipodgirl dijo...

Es una pena que esta mujer nos haya dejado... Era única! :)
Besotes!

Angie dijo...

IPODGIRL:

La vida...

Besos. Angie.

esteban lob dijo...

Bonita historia, Angie.

Claro que la atracción que la chica ejercía sobre el profesor no era tanta como para superar la distancia de una ciudad a otra. Nada es perfecto en la vida, ¿no?

Un beso.

Satie dijo...

Bonito homenaje.

Angie dijo...

ESTEBAN:

Verdad, nada es perfecto en esta vida! Y las relaciones a distancia son tan complicadas....

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SATIE:

Gracias, me alegro que te haya gustado!

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BESOS A LOS DOS.
ANGIE.