
Como todo el mundo sabe, a principios de este mes fue Halloween. No soy yo muy seguidora de esta fiesta, prefiero otras más arraigadas en la tradición de mi tierra pero a lo que voy, que me desvío... El caso es que recordé una vieja anécdota que me sucedió hace unos cuatro años en los tiempos en que era monitora de campamento y me apeteció compartirla con vosotros.
Nunca os he hablado de mi etapa como monitora de niños en campamentos de verano pero eso, otro día, que si no me temo me extendería aún más de lo que ya de por sí me voy a extender contándoos esta historia... (os pido disculpas de antemano por lo extenso de esta entrada).
Os pongo en situación: Cada verano, hacíamos dos campamentos, uno urbano en Piedras Redondas, un barrio de Almería, y otro rural, en un pueblo de Granada. Pues bien, el extraño suceso se desarrolla en Huetor Santillan, un pueblo situado en la Sierra de Huetor, durante el campamento rural. 10 adultos, entre monitores y equipo de cocina y 30 ó 35 niños de entre 13 y 14 años ( por cierto, los más difíciles de controlar, jajaja...) en un caserón grande, durante 1 semana.
Luis y Diego, dos de los monitores, llevaban los tres días que llevábamos de campamento bromeando con que la casa estaba medio poseída por Candi. Enseguida os la presento. Candi era “Sor Cándida”, una monja cuyo cuadro estaba en una de las salas de la casa, y la verdad que daba un poco de miedo verla, porque era una imagen un poco antigua, un tanto tétrica... Así que los dos se lo pasaban pipa intentando meter el miedo en el cuerpo a las monitoras; que si Candi nos acompañaba en todos nuestros movimientos, que si además de ella, había más “fantasmas”, y ¿tonterías? del estilo...
El caso es que, a mitad del campamento, nos sucedió algo que.... aysss! Se me ponen los pelos de punta cada vez que me acuerdo! Se acercaba el anochecer, todos los monitores estábamos en la planta de abajo con todos los niños, si no recuerdo mal, organizándolos para que se preparan para la cena y las actividades que hacíamos por las noches. De repente, escuchamos un ruido arriba. “¿y ese ruido? Si estamos todos abajo...” pensé. Así que Luis, María la Magdalena (conservaré tu anonimato...) y yo, decidimos subir a ver qué era. En buena hora, con lo cagueta que soy yo...
Luis iba el primero. Empezamos a subir las escaleras sigilosamente y con un poco de nervios también, sobre todo, María M. y yo. Cuando llegamos a la planta de arriba, advertimos que el ruido procedía de la barraca, el dormitorio grande donde dormían todos los niños. Entramos y el ruido se escuchaba cada vez más fuerte. En uno de los cuartos de baño, alguien se había dejado el grifo de una de las duchas abierto. ¡Ufff, qué alivio sentimos al descubrir que ahí acababa el misterio! Sin más, cerramos el grifo y nos fuimos.
Y cuál sería nuestra sorpresa que, justo cuando nos disponíamos a salir de la habitación, de repente, volvimos a escuchar el ruido de un grifo abierto. Volvimos sobre nuestros pasos. Otro grifo abierto, de otra ducha. ¡ Madre mía! y esto..?
En la barraca había dos cuartos de baños con 5 ó 6 duchas y 5 ó 6 lavabos cada uno. Revisamos todos los de uno de ellos, asegurándonos de que todos y cada uno quedaban bien cerrados y, mientras estábamos en ello, empezamos a oír el ruido de grifos abiertos en el otro cuarto de baño. Llegamos al otro baño y, efectivamente, había un par de grifos abiertos y una de las duchas. Con la cara un poco descompuesta ya ante lo desconcertante de la situación, de nuevo, nos dispusimos a lo mismo, a revisar cada grifo y dejarlos bien cerrados. Y de repente... "No puede ser! Más grifos abiertos?!!!" De nuevo, del primer cuarto de baño, que justo hacía dos minutos acabábamos de revisar.
“Pero qué coño está pasando aquí?” – dijo Luis-. Es que se han vuelto locos los grifos?". Parecía que alguien activaba el botón de “encendido” y abría los grifos aleatoriamente, como creando una sinfonía musical. Salimos hacía el pasillo, y vimos llegar a Diego, que venía en nuestra busca al ver que tardábamos en bajar.
“Diego, aquí esta pasando algo raro...” - le dijimos los tres apresuradamente.
Antes de seguir, tengo que contaros que Diego es psicólogo, y es como muy científico y bastante escéptico con este tipo de cosas. Hasta que no encuentra una explicación lógica, no se queda tranquilo....
“- ¡Diego, Diego, que aquí está pasando algo extraño! Que los grifos se abren y se cierran solos, a su antojo! “
- Anda ya! No digáis tonterías, hombre! cómo se van a cerrar y abrir los grifos solos? No será que alguien se dejó un par de grifos medio abiertos sin darse cuenta?
- No!! – contestamos enérgicamente los tres! Hemos comprobado y recomprobado que estaban bien cerrados y, a pesar de ello, han vuelto a echar agua a toda presión algunos!
- Pues, que queréis que os diga pero eso no tiene mucho sentido... Aún así, vayamos a ver...”
Una vez más, nos dispusimos a entrar en los cuartos de baños. Diego iba el primero (en plan “Juan Sin Miedo”...), detrás Luis, y las últimas, María M. y yo, agarradas de la mano pues, como ya dije al principio, soy (somos) muy miedosas....
Todo estaba en calma. Diego revisó uno por uno todos los grifos. Todos cerraditos y en el más absoluto de los silencios... Tardó menos que un plis en empezar a decirnos que estaba todo bien, que habría sido que no los habíamos cerrado del todo, bla, bla, bla... Mientras, nosotros tres, con caras de “ vale, me encanta! Ahora parece que son paranoias nuestras, hombre!”...
Y justo cuando íbamos a salir de la barraca.... “Frasssssshhhh! Frassssssssshhh! Frasssshhhh!!! De nuevo, grifos abiertos!! Varios de ellos, en los dos cuartos de baño, abriéndose y cerrándose sin ton ni son! Diego no tuvo más remedio que empezar a flipar como lo habíamos hecho nosotros minutos antes.... Por nuestra parte, nuestras caras reflejaban dos cosas: satisfacción, por demostrarle a Diego que no estábamos locos y, una vez, más, desconcierto.
Una vez más, empezamos a cerrarlo todo. Por fin parecía que todo se había quedado tranquilo. Así que, nos disponíamos a irnos para abajo, donde estaban todos esperándonos. Y entonces fue, cuando nos llevamos el último susto.... En el otro ala de la casa, había un pequeño cuarto de baño, para el uso de los monitores. Ahora era ahí donde, mágicamente, por el grifo del bidé el agua estaba corriendo a toda pastilla.
Recuerdo que a mi, de puro nervio, me entró la risa y a María M. el llanto. Y a Diego y a Luis, probablemente, les entrara descomposición de barriga aunque no se lo dijeran a nadie, jajaja... Uno de ellos, no recuerdo ya quién, lo cerró y nos fuimos directos para abajo, sin querer saber más del asunto.
Los demás monitores al ver nuestras caras, un tanto blanquecinas, no tardaron en preguntarnos qué pasaba, aunque nosotros no quisimos decir nada en ese momento, porque estaban allí todos los niños.
Decidimos continuar con la marcha de lo que restaba de día, como si nada extraño hubiese pasado. Cenamos, hicimos la actividad de la noche con los niños en el porche, el rato de oración, los acostamos a todos y, por último, la reunión de monitores para la evaluar el día. Parecía que todo había vuelto a la normalidad.
Terminada la evaluación, los monitores, aunque no todos, solíamos quedarnos para charlar un rato, tomarnos alguna copichuela, en definitiva, para relajarnos y divertirnos un rato, después de un una jornada agotadora. Cómo no, Luis, Diego, María M. y yo, éramos de los que siempre nos quedábamos trasnochando a diario.
Uno de los monitores, Alberto, fue a la cocina por algunos snacks y por la coca-cola y la botella de ron (celosamente escondida,jejeje..). Al volver, comentó: “ quién ha sido el último que ha estado en el lavadero? Porque se ha dejado el grifo de la pileta abierto?”. Los cuatro nos miramos al instante. Les contamos lo que nos había sucedido horas antes, pero parecía que no nos echaban demasiada cuenta.
Cuando hubo que ir por un poco más de hielo, nadie quería levantarse y lo echamos a suertes. Vaya por Dios, me tocó a mi! Maria M. y Luis vinieron conmigo porque la verdad es que yo no me atrevía a ir sola, jajaja... Y cuando llegamos a la cocina, el grifo del fregadero... abierto! Lo cierto es que ya empezaba a ser un tanto desesperante.
De lo cagados que estábamos (sobre todo, los cuatro que lo habíamos visto), esa noche ni nos duchamos porque, como ya estaban todos los niños durmiendo y algunos monitores, en la planta de arriba había que ir a oscuras, sólo con la luz de un pequeño quinquel; así que preferimos hacerlo a la mañana siguiente, con la “maravillosa y segura” luz del día.
Por fin llegó la hora de irnos a dormir. Diego, Luis, María M y yo dormíamos en la misma habitación. Como estábamos rendidos, enseguida nos dormimos. Diego, dormía en la cama de al lado mía. Dormía con una linterna enganchada en la mano, porque siempre se levantaba en la noche para ir al baño, y así no se tropezaba con nada ni despertaba a nadie al encender la luz.
Inmersos todos en un profundo sueño, de repente, a Diego no se le ocurre otra cosa que pegar un salto de la cama, encender la linterna alumbrando hacía la ventana y gritar a todo pulmón... “Quién anda ahiiiiiií?!”. Lógicamente, todos nos despertamos sobresaltados, más bien con el corazón en la boca, del susto que nos acababa de meter!
“- Diego, por Dios, qué coño haces?!!!!
- Joderrrr, que he visto a alguien en la ventana!!!
- No hay nada, ni en la ventana ni fuera” – le dijimos cuando nos asomamos.
- Pues os juro que yo he visto a alguien o, no sé, el reflejo de alguien o de algo, pero yo he visto algo, eso seguro!!
- Chiquillo, habrá sido una pesadilla. Es normal, después de la sesión de sustitos que hemos tenido hoy. Sigamos durmiendo, por favor, que sólo quedan 3 horas para que nos suene el despertador”.
Con alguna que otra dificultad, conseguimos volver a dormirnos poco a poco.
A la mañana siguiente, sonó el despertador, nos pegamos una buena ducha para espabilarnos y empezar un día más de campamento con los niños. El día transcurrió sin el menor atisbo de extrañezas. No más grifos abriéndose y cerrándose, ni más ruidos extraños, ni más sobresaltos en la noche. Si la casa tenía duendes o fantasmas juguetones o a una Candi con ganas de bromear, sin duda, parecía que se habían cansado ya de jugar con nosotros. Nunca encontramos explicación lógica alguna a lo de aquél día, y como ya no había vuelto a pasar nada extraño, decidimos no darle más importancia al asunto.
El último día de campamento, cuando estaba ya todo recogido, todos los niños estaban ya en el porche con sus equipajes y sólo faltaba que los monitores de mi habitación bajáramos nuestras mochilas, nos sucedió algo extraño.
Diego y Luis, bajaron sus equipajes y ya sólo quedábamos arriba, Maria M., que era la jefa del campamento, y yo, que estábamos revisando que todo estaba correcto y ordenado. En todas las habitaciones había un crucifijo colgado en la pared. Entramos en nuestra habitación por nuestras mochilas, pero cuando ya nos íbamos a ir para abajo, nos acordamos que nos habíamos olvidado unos papeles. Cuando volvimos a la habitación, el crucifijo estaba encima de la mesilla de noche. Las dos nos miramos atónitas, cogimos los papeles y nos salimos pitando para abajo.
Yo no sé cómo llegó el crucifijo hasta la mesilla de noche... lo que sí sé es que, minutos antes, estaba colgado en la pared; que tampoco se cayó porque no oímos absolutamente ningún ruido, y que tampoco era posible que alguien pudiera haberlo puesto ahí porque estábamos solas y hubiéramos visto a cualquiera que hubiera subido, porque desde todas las habitaciones se veía perfectamente la escalera. Y ni yo lo puse allí, ni lo puso María M, pero lo cierto es que, allí estaba...
Cuando se habla de sucesos paranormales o vivencias extrañas, yo no sé si creer en ellas o no, pero lo cierto es que desde entonces, el asunto, cuanto menos, me da que pensar porque lo que nos pasó en aquella casa ese día sería paranormal o no, pero, desde luego, raro y desconcertante sí que fue y nadie me puede decir que no fue algo extraño porque yo lo ví con mis propios ojos!
Como decían en Expediente X... La verdad está ahí fuera...

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Hasta el lunes no volveré por aquí porque me escapo unos diítas a Granada!!! que estoy deseando ir que aún no la conozco y es casi delito que aún no conozca una ciudad tan hermosa, estando tan sólo a tres horas de mi casa. Ya os contaré a la vuelta qué tal resulta el finde, espero que genial! Por cierto, que me voy con mi querida María M, que no nos vemos desde hace t
iempo porque vive en Almería.
Besos a todos! Buen Finde!
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