21 febrero 2011

Demasiado Tarde...


La sangre teñía mi camisa. El dolor era tremendo. Me sentía tan aturdido que ni siquiera sé cómo pude llegar hasta allí. “¡Rápido!”, gritó alguien. Entonces me desvanecí...


Cuando desperté, el dolor había desaparecido. No reconocía aquella sala que me hacía sentir escalofríos. Pasados unos segundos me di cuenta de que no estaba solo.

-Así que usted es Jack... Le esperábamos.
-¿A mi? –pensé extrañado.
-Sígame.

Me llevó a otra sala llena de gente que hacía cola en dos filas; pero yo seguía sin saber dónde estaba.

-Sabrá en cuál deberá esperar, ¿no?

Los escalofríos recorrían mi cuerpo cada vez con mayor intensidad. El miedo empezaba a apoderarse de mi en mitad de un silencio abrumador que no me dejaba ni articular palabra.

-¿No lo sabe? ¿Acaso creía que no acabaría pagando por todos su crímenes...?-prosiguió el hombre con risa cínica- Le cobran en la fila de la izquierda si no le importa...
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NOTA: Ejercicio del taller de escritura consistente en hacer un relato cuya última frase fuera "Le cobran en la fila de la izquierda si no le importa".

14 febrero 2011

El Javichuela...



Usa ropa vieja llena de descosidos y remiendos. Tiene las manos negras de lo sucia que las lleva y el pelo hecho manojos de tan grasiento que lo tiene siempre; cuando sonríe deja ver una dentadura llena de mellas y la cantidad de arrugas en su cara revelan que ya es un hombre entrado en años.

Con su guitarra a cuestas el Javichuela va ofreciendo su arte por los bares del barrio por el que siempre anda. A veces algunos clientes ni siquiera se molestan en mirarlo y siguen hablando como si fuera invisible, pero a pesar de ello sigue tocando alegremente su guitarra en su intento de acabar consiguiendo alguna monedilla.

Cuando en alguna ocasión alguien elogia su buen tocar, sus enormes ojos azules, que sorprendentemente aún no han perdido brillo, se iluminan como si de un sonrojo se tratase y, agradecido, deja que su voz desgarrada se arranque por bulerías.



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05 enero 2011

La Primera Nochevieja...


El 31 de diciembre siempre había sido el día favorito del año de María; tanto le entusiasmaba su llegada, que siempre contagiaba a todos su ilusión y la familia al completo disfrutaba como un niño de los preparativos de aquel día. Cada año María se metía durante horas en la cocina y preparaba con esmero una magnífica cena cuyos platos no eran conocidos por ninguno hasta que no eran servidos en la mesa, a excepción de Juan, su marido, que era su pinche oficial desde hacía muchas Nocheviejas. Marta, su hija mayor, se ocupaba de preparar la mesa con la vajilla y la cristalería que su madre reservaba para las ocasiones especiales. Su yerno David, el marido de Marta, siempre se encargaba de comprar uvas para todos y prepararlas durante la tarde, retirándoles la piel y las pepitas. Eva, su hija mediana, siempre hacía una olla enorme de buñuelos y otra de chocolate. Y Ana, la menor de las tres hijas, y su marido Pablo eran los que en la víspera de fin de año se llevaban a sus tres sobrinos a la Plaza Mayor a comprar cantidad de serpentinas, matasuegras, bengalas y confeti. En aquella casa el último día del año el timbre de la puerta sonaba una y otra vez recibiendo visitas de vecinos y amigos que venían a tomarse el último chocolate con buñuelos del año con María y los suyos. Y a pesar de que nadie paraba a descansar ni un momento en todo el día, María siempre se encargaba de que todo estuviera preparado para que a las nueve en punto de la noche todos estuvieran sentados en la mesa listos para cenar.


Cuando el año anterior Ana apuntó en la lista de deseos que hacía cada Nochevieja su anhelo de ser mamá, jamás imaginó que algo tan dichoso pudiera verse empañado por algo tan trágico. A menos de un mes de salir de cuentas sólo hacía cuatro meses que su madre había muerto en un accidente de tráfico. Por eso esperaba ansiosa que el reloj de la Puerta del Sol diera las doce campanadas para que por fin comenzara un nuevo año en el que la llegada de su bebé trajera un poco de alegría a la casa.


Aquella Nochevieja toda la familia se reunió para cenar, como a María le habría gustado. Su marido Juan pasó de ser su pinche oficial a primer cocinero y preparó la cena lo mejor que pudo con la colaboración de Marta, que por ayudarle apenas tuvo tiempo de preparar la mesa con la ceremonia habitual con la que solía hacerlo. David preparó las uvas y Eva hizo sus tradicionales buñuelos, aunque otras veces le habían salido más buenos. Y un año más Ana y Pablo llevaron a sus sobrinos a la Plaza Mayor, pues los pequeños no entendían de cosas de mayores y para ellos ese día seguía siendo tan alegre como siempre. Eran ya casi las nueve y media cuando Juan salió de la cocina con el plato principal y por fin empezaron a cenar.


A menos de veinte minutos de la medianoche y antes de lo previsto Ana rompió aguas. ¡El revuelo fue enorme! Con las uvas y el cava preparados ya en la mesa, la familia entera se fue al hospital sin tiempo que perder. Todo sucedió tan rápido que Ana casi parió en el camino. Aquella noche no hubo brindis, ni atracón de uvas con las campanadas.


A las doce y cuarto una enfermera entró en la sala de espera... “Todo ha ido bien. Tanto la madre como la hija se encuentran perfectamente. En cuanto les avise pueden pasar a verlas. Esperen aquí”. Entre tanto en el paritorio Ana abrazaba entre lágrimas por primera vez a su hija mientras Pablo las contemplaba embelesado....¡la pequeña María ya estaba en este mundo!


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23 diciembre 2010

Rebelión (III) - El desenlace de la Historia...


Isa, Luis, Águeda y Diego se miraron al instante. Les contaron lo sucedido horas antes, pero parecía que nadie les echaba demasiada cuenta. Cuando hubo que ir por un poco más de hielo, nadie quería levantarse y lo echaron a suertes.

-¡Vaya por Dios, siempre me toca a mi! –refunfuñó Águeda- Pues venid conmigo, que yo no me atrevo a ir sola –protestó dirigiéndose a Isa y a Luis.

Cuando llegaron a la cocina, del grifo del fregadero pendía un hilo de agua, pero ni siquiera se atrevieron a hablar: cogieron el hielo a toda prisa y volvieron. Cuando lo contaron, de nuevo nadie les creyó, dado que Luis y Diego llevaban todo el campamento bromeando con Sor Cándida.

Ya de madrugada recogieron todo y se fueron a dormir. Subieron las escaleras a la luz de un pequeño quinqué que usaban para no despertar a nadie, pues los niños y algunos monitores dormían desde hacía rato. Del miedo que les entraba al pensar en lo sucedido ni siquiera se atrevieron a ducharse solos en el silencio de la noche, por lo que se fueron directamente a la habitación. Los cuatro amigos dormían juntos; Diego dormía al lado de la ventana con una linterna enganchada en la mano, porque siempre se levantaba durante la noche para ir al baño y así no se tropezaba con nada ni hacía ruido. Como estaban agotados, enseguida se durmieron y cayeron en un profundo sueño. De repente en mitad de la tranquilidad de la noche Diego pegó un salto de la cama, encendió la linterna alumbrando hacia la ventana y gritó a todo pulmón... “¿Quién anda ahiiiií!”. Los tres se despertaron tremendamente sobresaltados.

-¡Diego, por Dios, qué diablos haces? –gritó Luis.
-¡He visto a Sor Cándida en la ventana! –respondió nervioso.
-¿A Sor Cándida? ¡Anda ya, no digas tonterías! ¿Cómo vas a ver a Sor Cándida? Aquí no hay nada –dijo Isa asomándose por la ventana.
-¡Estaba ahí! Con la cara pálida, un rosario en la mano y mirándonos fijamente. ¡Os juro que la he visto!
-Diego, habrá sido una pesadilla. Es normal después de la sesión de sustos que hemos tenido hoy... Sigamos durmiendo, por favor, que sólo quedan tres horas para que nos suene el despertador –le dijo Águeda intentando tranquilizarlo.

Con alguna que otra dificultad consiguieron volver a dormirse. A la mañana siguiente sonó el despertador muy temprano, se dieron una buena ducha para despabilarse y empezaron un nuevo día de campamento. La jornada transcurrió sin el menor atisbo de extrañezas: no más grifos abriéndose y cerrándose, ni más ruidos extraños, ni más sobresaltos en la noche. Ni tampoco durante los días que quedaban de campamento. Si la casa tenía duendes o fantasmas juguetones o a una Candi con ganas de bromear, sin duda parecía que se habían cansado ya de jugar con ellos. Y como no había vuelto a pasar nada extraño no le dieron más importancia al asunto.

El último día de campamento, cuando estaba ya todo recogido, y los niños y monitores montados en el autocar, sólo quedaban en la casa Isa y Águeda, que estaban revisando que todo estuviera correcto y quedara ordenado. Una vez terminada la inspección de cada habitación, fueron a la suya a recoger sus mochilas y bajaron; a mitad de las escaleras, Isa se acordó de que había olvidado una carpeta con papeles en la habitación. Cuando volvieron por ella...

-¿Cómo ha llegado el crucifijo a la mesilla de noche, Águeda? ¿Lo has puesto tú ahí?
-¿Yo? ¡Qué va, por qué iba a hacer yo eso!

Por unos instantes el silencio se apoderó de la habitación y del resto de la casa.

¡Otra vez no! –exclamaron las dos mirándose atónitas.

Sin mediar palabra Isa cogió la carpeta y bajaron a toda prisa. Cerraron con llave y subieron al autobús rumbo a Almería.

*****

¡Espero que la espera haya merecido la pena y que os haya gustado el relato! Como dije al principio de la historia, está basado en hechos reales... uhhhhh....

Volveré la semana que viene.

¡Que disfrutéis mucho de las fiestas!

¡FELIZ NAVIDAD!


15 diciembre 2010

Rebelión (II)...


Con Luis al frente subieron las escaleras sigilosamente. Cuando llegaron arriba, advirtieron que el ruido procedía de la barraca y a medida que se acercaban, se escuchaba más fuerte. Al descubrir que alguien se había dejado el grifo de una ducha abierto respiraron aliviados y sin más lo cerraron. Justo al salir de la habitación, escucharon otra vez el mismo ruido. Volvieron sobre sus pasos...

-Otro grifo abierto y de otra ducha. ¡Madre mía! ¿Pero esto qué es? –dijo Águeda extrañada.

Estaban revisando todos los grifos para asegurarse de que quedaban bien cerrados, cuando empezaron a oír más ruidos en el otro cuarto de baño. Cuando fueron a ver, efectivamente había un par de grifos abiertos de los lavabos y una de las duchas.

-¡No puede ser! ¡Más grifos abiertos? ¡Pero si los acabamos de cerrar! ¡Qué está pasando aquí? – gritó Luis con la cara descompuesta.

Ante aquella situación un tanto desconcertante volvieron a revisar cuidadosamente todos y cada uno de los grifos, que parecían abrirse y cerrarse como si de una sinfonía musical se tratara. Cuando acabaron, salieron hacia el pasillo a toda prisa y se encontraron con Diego, que venía en su búsqueda al ver que tardaban en bajar.

-¡Aquí está pasando algo raro: los grifos se abren y se cierran solos a su antojo! -le dijeron apresuradamente.
-¡No digáis tonterías! ¿Cómo se van a cerrar y abrir los grifos solos? ¿No será que alguien se los ha dejado medio abiertos sin querer?
-¡No! –contestaron enérgicamente al unísono- Hemos comprobado dos veces que estaban bien cerrados y aun así algunos han vuelto a echar agua a toda presión.
-Eso no tiene mucho sentido, pero bueno vayamos a ver –contestó Diego con total escepticismo.

Una vez más se disponían a entrar en los cuartos de baños: Diego iba el primero, detrás Luis, y después Isa y Águeda agarradas de la mano. Todo estaba en calma. Diego revisó uno por uno los grifos: todos cerrados y en el más absoluto de los silencios...

-Yo no veo nada raro. No los habréis cerrado bien o será que las cañerías están viejas y las zapatillas un poco pasadas.
-¡Vaya! ¡Ahora parece que son paranoias nuestras! –respondió indignada Isa, mientras Luis y Águeda la apoyaban con el gesto de sus caras.
-Venga, vámonos para abajo que están todos esperando –dijo Diego.

Al salir de la barraca.... “¡Frasssssshhhh! ¡Frassssssssshhh! ¡Frasssshhhh!!!”. ¡De nuevo varios grifos en los dos cuartos de baño se abrían y cerraban sin ton ni son! Diego no tuvo más remedio que empezar a alucinar como lo habían hecho sus compañeros minutos antes, mientras sus caras reflejaban satisfacción por demostrarle que no estaban locos a la vez que desconcierto. Resignados ante lo inexplicable volvieron a cerrarlos uno por uno.

No habían comenzado a bajar las escaleras cuando de repente por el grifo del bidé de uno de los baños de monitores, situado en el otro ala de la casa, el agua empezó a correr a toda pastilla. De puro nervio y sin poder controlarlo Isa comenzó a llorar y Águeda a reírse. Diego y Luis simplemente callaban mientras contemplaban la escena boquiabiertos. Para sorpresa de todos Isa, que era la más miedica, entró en el baño con total determinación.

-¡Vámonos de una vez para abajo, por Dios! –dijo mientras cerraba con todas sus fuerzas el grifo.

El resto de monitores extrañados por la demora no tardaron en preguntarles qué pasaba al verles bajar con la cara blanca, aunque los cuatro testigos del extraño suceso no quisieron decir nada en ese momento en presencia de los niños.

Decidieron continuar con la marcha de lo que restaba de día como si no hubiese pasado nada. Cenaron, hicieron la actividad de la noche con los niños en el porche, tuvieron un rato de oración, los acostaron a todos y por último hicieron la reunión de evaluación. Todo volvía poco a poco a la normalidad.

Terminada la evaluación por fin llegó el rato de relax. Alberto, otro de los monitores, fue a la cocina por algunos snacks y por la botella de ron que estaba celosamente escondida en el estante más alto de la alacena.

-¿Quién ha sido el último que ha estado en el lavadero? Porque se ha dejado el grifo de la pileta abierto... –comentó al volver.




Continuará...


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