14 febrero 2007

El gaditano nace donde le da la gana pero yo...¡nací en Sevilla!

“El gaditano nace donde le da la gana” o, mejor dicho, la frase correcta es “La gente de Cadi nacemos donde nos sale de los cojones” (que entra mejor en el ritmo del tres por cuatro). Célebre frase que pronunciara hace años el periodista y escritor sevillano Antonio Burgos y que se hizo popular en los ámbitos carnavaleros, como ¿piropo? a todo aquél, loco por el carnaval, que no nació en tierras gaditanas.

Pero con todos mis respetos, me da mucho coraje esa frase! En más de una ocasión me la han dicho a mi, y en otras, he escuchado dedicarla a otros. Y si coraje me da lo primero, más coraje me da lo segundo cuando el piropeado en cuestión asiente orgulloso y halagado al son, por ejemplo, de un “¡por supuesto, pisha!” o expresión similar. Creo que la frase sería muchísimo más acertada si dijera así "Los carnavaleros nacemos donde nos da la gana", pues la filosofía de vida de un carnavalero, sí que no tiene fronteras, ya que uno puede sentirse profundamente carnavalero sin importar de dónde seas.

Por partes, que seguro que más de uno se ha perdido ya...

Cádiz, ciudad trimilenaria, fundada por los fenicios (Gadir), de cuya fundación se dice que es la más antigua de Occidente según la tradición clásica. Uno de mis lugares favoritos, por el encanto que tiene perderse por sus callejuelas y rincones, disfrutar de largos paseos por la Alameda y por magníficas playas, como la playa de la Victoria, o disfrutar del hermoso atardecer en la playa de la Caleta, entre el castillo de San Sebastián y el de Santa Catalina, el balneario de La Palma y las viejas barquillas de la orilla. Ir a la plaza de abastos, a la plaza las flores, comer ese pescaíto bueno que tiene Cai. Cádiz, cuna de la libertad desde 1.812 con La Pepa y fuente inagotable de ingenio, arte y tronío a través de las coplas de sus magníficos carnavales; y no sólo de sus coplas, porque los gaditanos, en general, desprenden arte e ingenio con sólo abrir la boca.






En definitiva, que Cádiz es una ciudad estupenda para visitarla en cualquier época del año. Y siempre la recomendaré porque soy una enamorada de Cádiz y su carnaval de serpentinas y papelillos, de tangos y cuplés, desde hace muchísimos años, en parte, influenciada también por el gusto que por esta tierra tiene mi padre desde sus tiempos mozos; y además, por la cantidad de buenos momentos que he tenido el placer de disfrutar allí.

Ahora bien, y eso lo tengo rotundamente claro, que yo sea una enamorada de Cádiz, como he dicho, no significa, ni mucho menos, que reniegue de mi tierra y no me sienta sevillana por los cuatro costados. ¡En absoluto! Ni qué decir tiene que, ante todo, me siento española; e inmediatamente después de ese sentimiento, me siento tremendamente orgullosa de ser de Sevilla. Así que, el gaditano nacerá donde le da la gana pero yo, a mucha honra... NACÍ EN SEVILLA!



Sevilla, situada en plena vega y campiña del río Guadalquivir, fue fundada, se cree, por los Tartessos en el siglo IX A.C. Tierra de romanos, que vio nacer a los emperadores Trajano y Adriano en Itálica, visigoda, musulmana -toma su nombre de ellos (Ishbiliya)-, cristiana; punto clave a raíz del Descubrimiento del Nuevo Mundo, por ser el principal puerto de enlace con América, convirtiendo la ciudad en una de las más importantes y grandes de España y centro multicultural que ayudó al florecimiento de las artes.

Soy sevillana y lo digo a boca llena y no me cansaré de decirlo nunca. Si enamorada estoy de Cádiz, más enamorada estoy de Sevilla, de mi tierra! Y no menos placentero es perderse por las callejuelas del barrio Santa Cruz y la Judería; disfrutar de una tarde en los Reales Alcázares y sus jardines; subir a la Giralda y contemplar las maravillosas vistas de la ciudad; pasear por el parque de María Luisa, de la Plaza de España a la plaza de América (o plaza de las palomas), con el Museo de Artes y Costumbres y el Museo Arqueológico de por medio, monumentos que nos dejó la Exposición Iberoamericana del 29.





No menos placentero es ir al Hotel Doña María para tomar una copa en la terraza, en una noche primaveral, contemplando una esplendorosa Catedral iluminada o descubrir los placeres del buen comer con la infinidad de exquisitas tapas que nos ofrece la gastronomía sevillana.



La magia de seguir descubriendo, después de 28 años, rincones nuevos del mayor casco histórico-artístico de Europa. Y ese Paseo de las Delicias, a orillas del Guadalquivir, salteado de Pabellones de la antigua Exposición, rematado con el hermoso Palacio de San Telmo; y el Paseo de C. Colón, donde una recién restaurada Torre del Oro, se refleja en las aguas del río, ese paseo con tardes triunfales en la plaza de toros de la Maestranza, y cómo no, ese puente de Triana, diseño de Gustave Eiffel, puerta del famoso antiguo barrio marinero de la ciudad, cuna de toreros y grandes artistas, de arte y tronío por doquier. La calle Betis, cuyos vecinos tienen el privilegio de disfrutar de uno de las más bellas vistas de la ciudad al asomarse a sus balcones floreados de geranios. La que se dice es la catedral de Triana, la Iglesia de Santa Ana, y su velá. Los antiguos patios de vecinos. El pescaíto frito del puesto de las flores en el Altozano.








Esa Sevilla del 92, que se convirtió en un mundo de ensueño y fantasía, de luz y color, de hermanamiento universal. Cuando entrar en el recinto de la Expo se convertía en un viaje a los sitios más dispares del mundo, desde el Japón hasta la Isla de Pascua, pasando por Nueva Zelanda y mil sitios más, viajando al pasado y al futuro.





Y la Sevilla cofrade, que engalana sus calles con naranjos en flor e impregna sus calles con olor a azahar e incienso, donde el viento suena a saetas, y las imágenes salen a la calle en procesión representando la Pasión de Cristo, acompañadas de sus hermanos nazarenos, que hacen estación de penitencia bajo el anonimato de sus capirotes, y de esos valientes costaleros que las mecen al son de cornetas y tambores. Esa Sevilla de Jueves Santo, con sus mujeres de mantilla, y que al llegar La Madrugá, acoge al Señor de Sevilla, el Gran Poder, y a sus dos Reinas, dos Esperanzas, la Trianera y la Macarena.





Y la Sevilla que en Abril se viste de Feria, en una explosión de luz y color, con farolillos y miles de bombillas, que cada noche iluminan el Real. Mujeres de flamenca, paseo de caballo y enganche, baile de sevillanas, casetas adornadas al más puro estilo sevillano, abanicos para mitigar el calor y remojones de esas aguas mil de abril. La feria, pequeña ciudad de amigos y diversión, de manzanilla y pescaíto frito.




Y así podría estar un día entero hablando sobre cosas bonitas de mi tierra, piropeándola con gusto. Así que, por mucho que me apasionen (que me apasionan) mis otras tierras queridas (queridísimas) Cádiz y Almería, ¿cómo no me va a apasionar mi tierra? ¿Cómo no me va a tener enamorada con los cinco sentidos? ¡Me resulta imposible no amar la tierra que me vio nacer y en la que espero pasar el resto de mis días, que espero que sean muchos! Jamás podría renegar de ella. ¡Ojalá todo el mundo se sienta tan orgulloso de su tierra como yo me siento de la mía!

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Que bonito,... que bonito,... que bonito,... que bonito te ha salido ese piropo a Sevilla.

Y yo que pensaba que eras una caditana ectópica.

Me alegra saber tu opinión al respecto que coincide 100x100 con la mia.

Angie dijo...

me alegro que te haya gustado mi piropo a nuestra tierra! habrá salido tan bonito porque me nació de lo profundo de mi corazón! Ole mi tierra, ea!un besito.