09 junio 2009

La Curiosidad (Parte 5ª)...


-Aunque... ¿por qué no? Si en verdad yo no creo en estas cosas; me da igual saber o no -insistió Samuel, quien no había dejado aún de darle vueltas- Hagamos una cosa, Estela.

Estela, que no estaba muy convencida de seguir hablando de aquello, le preguntó de nuevo - ¿Estás seguro de que querrías saberlo?
-Sí, no me importa. Nada de lo que me dijeras iba a condicionar mis actos.
-¿Incluso si no fuera algo bueno? Te advierto que yo lo veo todo y cuando la persona decide que quiere saberlo, no le oculto nada: ni lo bueno ni lo malo.
-Escúchame, Estela, se me ocurre una idea...
-A ver, dime.
-Si has visto algo de mi futuro, lo que sea, escríbemelo en un papel y dime cuándo debo leerlo. ¿Te parece?
-El destino está escrito. Por suerte o por desgracia tengo el don de verlo en los ojos de la gente, pero no el poder de intentar cambiarlo. Las leyes del destino son tremendamente poderosas: por mucho que uno se empeñe en ello, al final todo acaba sucediendo por un camino o por otro.
-¡Uff, qué mal rollo! Me dices eso porque es algo malo, de lo contrario no me lo dirías, ¿verdad?
-No, te lo digo porque es algo que has de tener muy claro. Y no tiene nada que ver con lo malo o bueno que pudiera ser. Dicho esto y ya que pareces tenerlo tan claro, te contesto... Está bien. Escribiré en un papel qué he visto en tu mirada con una única condición.
-Vale, tú dirás –respondió- ¿Y cuándo debo leer la nota?
-Esa es precisamente la única condición: nunca.
-¿Nunca?
- No. Guárdala entre las hojas de algún libro. Si debe ser leída, será el día que por casualidad alguien la encuentre allí.
-¡Venga ya, Estela! ¿Que no la lea? ¿Entonces qué gracia tendría el trato?
-Hazme caso.
-Pero... –insistía.
-Es mi única condición. O si no simplemente no la escribo. Te lo digo en serio. No la leas nunca.
-Vaaaaale...-Samuel acabó cediendo pues la curiosidad le podía más que olvidar el asunto- ... ¡Trato Hecho! –aceptó estrechándole la mano.

Estela se levantó y fue a coger la libreta que había junto al teléfono, mientras Iñigo y Samuel la seguían expectantes con la mirada. Aunque se tomó su tiempo, no tardó demasiado en escribir. Dobló el papel en dos y lo metió en un sobre que enseguida cerró.

-¿Qué habrá escrito, tío? ¿Está escribiendo dos notas? ¡Qué raro! ¿Será una para mi? –cuchicheaba Iñigo- ¡Ufff! Yo seguro que incumpliría el trato. ¡No creo que pudiera resistir la tentación de abrir el sobre y leerlo!
-Yo tampoco sé qué habrá escrito, pero le haré caso. “No sé para qué le digo nada si yo en realidad no creo en estas tonterías...” –pensó Samuel.

El semblante de Estela era el fiel reflejo de la inde
cisión. Realmente no sabía si hacer ese trato había sido buena idea. En el sobre blanco: una verdad; en el de color crema: una mentira. Sin saber qué hacer todavía, jugueteaba con los dos sobres en sus manos mientras los miraba fijamente pensando cuál darle.

Y al fin volvió junto a ellos. Estela ya había tomado su decisión.

-Toma, guárdatela en el bolsillo. Y ahora... ¿quién quiere un cubatita? –se apresuró a decir para intentar zanjar definitivamente el tema.
-Yo tomaré Barceló con Coca Cola.
-Y yo White Label sólo con un poco de agua.

Parecía que el tema había quedado resuelto y allí siguieron conversando, riendo y pasando un rato de lo más agradable hasta llegar la noche.



Continuará...

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08 junio 2009

Consejos Van Y Vienen. O Los Tomas O Los Dejas (Parte 4ª)...

-Llevas toda la razón, Estela -asintió Samuel- Aunque al final da igual que lo que te diga el resto del mundo sea lo contrario o lo mismo. Uno decide hacer algo según se lo dicta su corazón, su cabeza o una mezcla de las dos cosas y el resto del mundo puede decir misa... Porque nadie escarmienta por cabeza ajena. Si erramos o acertamos es algo que sólo podemos comprobar por nosotros mismos, no por lo que los demás nos advierten. Aunque lleven razón y, lo que es peor, sepamos que la llevan...
-Es verdad- afirmaron los dos primos.
-Pero los consejos de Estela son punto y aparte –continuó Íñigo- no son como los consejos del resto de la gente, ¿sabes?
-¡Qué exagerado! –interrumpió ella, que ahora era la que estaba cortada escuchando decir eso a su primo.
-Yo soy un cabeza loca, eso ya lo sabéis los dos... Y no sabría darle demasiada explicación pero, como si de una corazonada se tratase, siempre seguí sus consejos durante toda mi vida. Y lo cierto es que siempre me he alegrado de haberlo hecho.

Iñigo se percató de nuevo de que Estela no dejaba de perder su mirada en la de Samuel y eso le desconcertaba. ¿Estará viendo algo y no se lo quiere decir? –pensó- ¿Qué le miras tanto a Samuel? - le preguntó sin poder seguir reprimiendo su curiosidad.
-Que los años le han sentado bien y está muy guapo –dijo ella un tanto esquiva en su respuesta.
-¡Anda, anda... tú sí que estás guapa! –exclamó Samuel rojo como un tomate.
-A mi no me engañas, ¡que te conozco! Has visto algo de su futuro, ¿a que sí?
-Anda, no digas tonterías; no he visto nada.
-¿Del futuro? ¡Uyy! Con todos mis respetos, Estela, pero ya sabes que no creo en esas cosas. Nunca he creído en nada de eso.
-No te preocupes, Samuel, tu opinión al respecto es tan respetable como la de aquellos que sí creen en ello.
-Venga, reconócelo. Cuéntale qué has visto en sus ojos. ¿Es sobre su próxima y pronta vida de casado? ¿Le va a ir bien? ¿Mal? ¿O es que ni siquiera va a llegar a casarse? ¿O quizá es alguna novedad laboral? ¿Una mejoría considerable? ¿ Un despido? ¿O a lo mejor es que..?
-Iñigo, ¿quieres dejar de ser tan pesado..?
No dejaba de preguntarle por todo; parecía infinitamente más entusiasmado que el propio interesado, tanto que al final su insistencia también acabó despertando en Samuel cierta curiosidad.

-Ya estoy un poco intrigado hasta yo. ¿Tienes algo importante que decirme, Estela? – le preguntó.
-¿Estás seguro de que querrías saberlo?
-Cuando a una pregunta se contesta con otra pregunta es que en realidad no se quiere responder –pensó Samuel al escucharla- Mmmm... No sé si querría, no.
-Pues entonces ya está todo dicho. Tú mismo... –contestó entre aliviada y preocupada...

Los ojos de Estela reflejaban una mezcla de misterio, malestar, interés, impotencia, duda y desconcierto que a Iñigo no había dejado de llamarle la atención desde hacía un buen rato. Sabía que ocultaba algo pero no sabía qué; aunque quizá fuera mejor dejarlo estar. A veces preguntar demasiado puede ser peligroso, pues puede que no nos guste nada la respuesta que hallemos...

Continuará...
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07 junio 2009

Un Nuevo Amor: El Gran Amor (Parte 3ª)...

Hubo momentos de la conversación en los que la fijación de Estela le parecía un tanto sospechosa: se quedaba mirando fijamente a Samuel como ausente, pensativa. Y miedo le daba cada vez que veía a su prima hacer eso, pues habitualmente significaba que algo importante bullía por su mente. Aunque en aquel momento no le dio importancia, al fin y al cabo también tuvo la sensación de que lo miró así a él un par de veces.

-Pues sabes, Estela, mañana he vuelto a invitar a cenar a Carla a casa; le tengo una sorpresa preparada: un fin de semana de turismo rural en la Sierra Norte, que no la conoce y sé que tiene muchas ganas de ir -dijo Íñigo.
-¿Carla? ¿Qué fue de Silvia entonces? ¿Y de Luisa? ¿Carla quién es? ¿Tu nueva conquista? Desde luego estás hecho un picaflor... ¿No vas a cambiar nunca? -desaprobaba Samuel con la cabeza.
-¡No me digas! Entonces parece que vas teniendo las cosas más claras, ¿no? -le preguntó Estela- ¡Me alegro!
-Esto... La verdad es que Carla me gusta. Me gusta mucho. No pensé que la echaría tanto de menos estos meses en Bruselas... –respondió Íñigo bajando la voz, como si temiera decirlo en tu tono habitual.
-¡Jaja..! ¡Míralo, Estela: casi no se le oye..! Está muerto de miedo... ¡Uyuyuy..! Eso es que no se esperaba que le fuera a gustar de verdad... ¡Y se está enamorando de ella!
-¡Pero, prima, dime algo! Que me miras remiras y no me dices nada. Desde luego no me acostumbraré nunca a tus miradas...-dijo algo nervioso.
-¡Ja, ja, ja..! –después de unos segundos de miradas clavadas que a Iñigo se le hicieron eternos, Estela le dijo guiñándole un ojo- Pues que ¡no seas tonto! Conozco a Carla desde hace años y es una mujer estupenda; es simpática, responsable, guapa, cariñosa, inteligente,... Es una mujer fascinante. ¡Sería un error que la dejaras escapar! ¿Por qué va a salir mal? ¡Adelante, no tengas miedo! ¿Qué temes tanto? Ahora quizá no, pero cuando pase el tiempo, te darás cuenta de que te estás haciendo viejo y sigues solo. Y ¡créeme! entonces te arrepentirás el resto de tu vida de no haber apostado por ella. Los grandes amores no pasan todos los días por delante de uno...

Continuará...

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05 junio 2009

El Reencuentro (Parte 2ª)...



“Diiiiiiin-Dooooooon”...

Estela no tardó en abrir la puerta. Ella también estaba deseosa de tener otra de las siempre interesantes tardes de café con su primo. Siempre había habido una complicidad especial entre ellos.

-¡Estela!
-¡Hola, cariño! ¡Hay que ver que cada día estás más guapo! –exclamó abrazándolo. Y mientras lo hacía, miró a Samuel.
¿Samuel? -sólo tardó unos segundos en reconocerlo- Pero...¡Qué grata sorpresa! No sabía que ibas a venir. ¡Cuánto tiempo!
-Sí: es que me dijo Iñigo que habíais quedado y no me pude resistir, que hace mucho tiempo que no nos vemos – le respondió en el abrazo.
-¡Claro, qué alegría! Pero bueno, ¿qué hacéis ahí parados? ¡Entrad! Pasad al salón y poneos cómodos. El café ya casi está... enseguida vuelvo.

En el salón predominaban los colores cálidos, con una decoración desenfadada, en la que resaltaban ciertos toques de la India. En una de las paredes había un cuadro del Taj Mahal: a Iñigo siempre le había encantado esa pintura. Se veía desde la entrada así que cada vez que iba a visitar a su pr
ima, nada más abrirle la puerta, recordaba su cuenta pendiente: ese viaje a la India que tanto tiempo llevaba en lista de espera. ¡Sin duda lo haría algún día!

La música de un recopilatorio del Budha Bar sonaba de fondo. La varita de incienso que Estela había puesto a quemar minutos antes ya empezaba a desprender un suave olor que a su vez se mezclaba con los exóticos aromas del café de canela que compró en el mercado de Greenwich en su último viaje a Londres y con el inconfundible y delicioso olor del bizcocho recién salido del horno: la famosa receta familiar había pasado ya por tres ó cuatro generaciones.

Lo cierto es que Estela tenía una casa con encanto. Cada pequeño detalle en el rincón más insospechado le daba ese toque tan acogedor; por eso sus amigos la elegían siempre como anfitriona.

Desde la cocina se la escuchaba....

-¡Ya voy para
allá, chicos! ¡Ya estoy yendo! –gritaba viniendo por el pasillo.
-Mmmm... ¿Bizcocho de la abuela? ¿Te he dicho alguna vez que te adoro, prima? –dijo entusiasmado llevándose ya el primer trozo de bizcocho a la boca.
-Bueno, no lo ha hecho la abuela ni me sale tan rico como el que ella hacía, pero como sé que el mío también te gusta mucho... –dijo guiñándole un ojo- Samuel: coge un trozo tú también, a ver si te gusta.
-¡Uy, sí, gracias! El bizcocho de tu abuela era conocido en todo el barrio y seguro que éste está riquísimo también –exclamó sonriente.

-Bueno, Iñigo, y ¿cuándo has vuelto de Bruselas? ¿Te quedas mucho tiempo?
-Volví hace un par de días. Ya hemos acabado el proyecto y todo ha salido perfecto así que, por fin, voy a poder relajarme un poco.
-¡Verdad! Que los últimos meses estuviste tan ocupado que apenas has parado. Ya era hora que pudieras bajar un poco el ritmo.
-¡Sí, por fin! Ahora me quedaré una buena temporada en Madrid: por lo menos hasta dentro de tres meses no tendré que volver a Bruselas.
-¿Y tú qué dices, Samuel? Que estás muy callado –le dijo Estela- ¿Qué tal te va todo? Cuéntame, ¿a qué te dedicas?, ¿casado?, ¿hijos?... Ya sabes, todas esas cosas...
-Pues yo muy bien. Acabé mis estudios de periodismo y la verdad que no me puedo quejar, no me ha faltado nunca el trabajo. Nada más salir de la universidad, entré en El Mundo. Allí estuve algo más de dos años: primero como becario y luego como redactor. Después me especialicé también en fotoperiodismo y me hice corresponsal, anduve de una ciudad a otra, me recorrí medio mundo. Una experiencia dura pero extraordinariamente enriquecedora.
-¡Vaya! Sin duda debió serlo, sí- respondió Estela.
-Sí, sí. Aunque hace un par de años lo dejé y de nuevo vivo aquí, trabajando para El País y colaborando en un programa de radio. Estoy muy satisfecho con lo que hago y no llevo una vida tan ajetreada como esos años de corresponsalía que no me dejaba hacer demasiados planes.
-Claro.
-Sigo soltero, aunque no por mucho tiempo: ¡me caso dentro de unos meses! -anunció esbozando una gran sonrisa- Ya es hora de formar una familia. Ya estamos en plena vorágine de preparativos.
-¡Genial!¡Enhorabuena! Ya veo que has aprovechado bien el tiempo. ¡Qué afortunada tu chica! Seguro que también es un encanto, aunque superar el tuyo es complicado, ¿eh...? –halagaba entre risas.
-Ay, gracias. ¡Lo es, lo es! ¡Marta es un sol, Estela! –respondió él un tanto sonrojado.
Estela se las apañaba siempre para intimidar a todo el mundo. Tal vez fuera su voz tan particular, la forma en que te hablaba, o puede que esa mirada tan expresiva: profunda, limpia y a la vez misteriosa, sugerente y única. Sin duda tenía algo especial en ella; en realidad era fascinación lo que producía en la gente.

-Pues yo me casé hace tres años con Darío, mi novio de toda la vida -prosiguió ella.

Y así continuaron charlando tan distendidamente durante horas recordando viejos tiempos de cuando salían en pandilla todos los chicos del barrio: los amores, las aventuras y desventuras, las trastadas, las fiestas, las anécdotas, los cotilleos... ¡toda una vida de recuerdos! Y también hablando sobre sus presentes y los planes que cada uno tenía.

Al contrario que Samuel, Iñigo era bastante observador: pocas veces se le escapaban los pequeños detalles, esos que casi nadie percibe; debía ser cosa de familia, pues su prima era igual también. Tenía la sensación de que algo raro pasaba, por eso hubo un detalle que le extrañó...

Continuará...


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03 junio 2009

Café Para Tres (Parte 1ª)...

-¿Iñigo, a qué hora me dijiste que habías quedado con Estela?
-A las cinco.
-Estupendo. En diez minutos paso a buscarte.
-Vale, ahora nos vemos. Ciao.
-Ciao.

Iñigo y Samuel eran amigos desde los siete años. Parecía que hacía dos días que jugaban al fútbol en el barrio, sin embargo, habían pasado ya veinticinco años.

Estela era prima de Iñigo. Prácticamente, se habían criado juntos pero, desde que a él le salió aquel trabajo en Madrid para una importante multinacional, sólo se veían unas cuantas veces al año, casi siempre, en reuniones familiares.

-¡Qué ganas tengo de verla! No nos vemos desde Navidad. –comentó Iñigo mientras subían en el ascensor.
-¡Y yo! Igual ni me reconoce... –Samuel también la conocía desde siempre pero hacía años que no la veía: por lo menos una década, desde que se fue a estudiar fuera.
-¡Anda ya, hombre! ¿Cómo no te va a reconocer?
-No sé... Yo es que como soy tan despistado siempre me creo que todo el mundo es igual –dijo Samuel entre risas.
-La de cosas que hay que contar para ponernos al día. Sobre todo tú, ¡jaja..!
-¡Verdad!
-Por cierto que a ver si está de ganas y además de ponernos al día
nos cuenta algo interesante...
-¿Algo interesante? ¿Y eso qué significa exactamente? -preguntó Samuel.
-Sí, hijo, ¿es que ya no te acuerdas? Lo de las miradas de Estela, ya sabes...
-Ah, eso.. ¡Bah, tonterías! Ya sabes que yo no creo en esas cosas, Iñigo...



Continuará...

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