
-Aunque... ¿por qué no? Si en verdad yo no creo en estas cosas; me da igual saber o no -insistió Samuel, quien no había dejado aún de darle vueltas- Hagamos una cosa, Estela.
Estela, que no estaba muy convencida de seguir hablando de aquello, le preguntó de nuevo - ¿Estás seguro de que querrías saberlo?
-Sí, no me importa. Nada de lo que me dijeras iba a condicionar mis actos.
-¿Incluso si no fuera algo bueno? Te advierto que yo lo veo todo y cuando la persona decide que quiere saberlo, no le oculto nada: ni lo bueno ni lo malo.
-Escúchame, Estela, se me ocurre una idea...
-A ver, dime.
-Si has visto algo de mi futuro, lo que sea, escríbemelo en un papel y dime cuándo debo leerlo. ¿Te parece?
-El destino está escrito. Por suerte o por desgracia tengo el don de verlo en los ojos de la gente, pero no el poder de intentar cambiarlo. Las leyes del destino son tremendamente poderosas: por mucho que uno se empeñe en ello, al final todo acaba sucediendo por un camino o por otro.
-¡Uff, qué mal rollo! Me dices eso porque es algo malo, de lo contrario no me lo dirías, ¿verdad?
-No, te lo digo porque es algo que has de tener muy claro. Y no tiene nada que ver con lo malo o bueno que pudiera ser. Dicho esto y ya que pareces tenerlo tan claro, te contesto... Está bien. Escribiré en un papel qué he visto en tu mirada con una única condición.
-Vale, tú dirás –respondió- ¿Y cuándo debo leer la nota?
-Esa es precisamente la única condición: nunca.
-¿Nunca?
- No. Guárdala entre las hojas de algún libro. Si debe ser leída, será el día que por casualidad alguien la encuentre allí.
-¡Venga ya, Estela! ¿Que no la lea? ¿Entonces qué gracia tendría el trato?
-Hazme caso.
-Pero... –insistía.
-Es mi única condición. O si no simplemente no la escribo. Te lo digo en serio. No la leas nunca.
-Vaaaaale...-Samuel acabó cediendo pues la curiosidad le podía más que olvidar el asunto- ... ¡Trato Hecho! –aceptó estrechándole la mano.
Estela se levantó y fue a coger la libreta que había junto al teléfono, mientras Iñigo y Samuel la seguían expectantes con la mirada. Aunque se tomó su tiempo, no tardó demasiado en escribir. Dobló el papel en dos y lo metió en un sobre que enseguida cerró.
-¿Qué habrá escrito, tío? ¿Está escribiendo dos notas? ¡Qué raro! ¿Será una para mi? –cuchicheaba Iñigo- ¡Ufff! Yo seguro que incumpliría el trato. ¡No creo que pudiera resistir la tentación de abrir el sobre y leerlo!
-Yo tampoco sé qué habrá escrito, pero le haré caso. “No sé para qué le digo nada si yo en realidad no creo en estas tonterías...” –pensó Samuel.
El semblante de Estela era el fiel reflejo de la inde
cisión. Realmente no sabía si hacer ese trato había sido buena idea. En el sobre blanco: una verdad; en el de color crema: una mentira. Sin saber qué hacer todavía, jugueteaba con los dos sobres en sus manos mientras los miraba fijamente pensando cuál darle.
Y al fin volvió junto a ellos. Estela ya había tomado su decisión.
-Toma, guárdatela en el bolsillo. Y ahora... ¿quién quiere un cubatita? –se apresuró a decir para intentar zanjar definitivamente el tema.
-Yo tomaré Barceló con Coca Cola.
-Y yo White Label sólo con un poco de agua.
Parecía que el tema había quedado resuelto y allí siguieron conversando, riendo y pasando un rato de lo más agradable hasta llegar la noche.
Continuará...






